• La pequeña París

    Caes rendido ante Burdeos y su belleza exuberante, explícita en los edificios señoriales. Borrados casi todos los rastros medievales y edificada una nueva ciudad con mano de obra esclava extraída de las colonias; ciudad que nunca fue suya. Caminas por la Plaza de la Bolsa, frente al río Garona, cuya anchura de cauce lo iguala con el mar. En invierno, sin la lámina de agua, el cielo no se envanecerá ante el espejo. En la Place de la Comédie, imaginas hoy los faetones portando mujeres engalanadas a sus citas, cruzando a pie desde el Grand Hotel, hasta la Ópera, enfrente.

  • Me pareció ver un lindo castillo

    La mirada va dirigida a lo alto, hacia el Castillo de Belcastel, construido hace más de mil años y en ruinas hasta 1973. Lo visitas y alabas la magnífica reconstrucción llevada a cabo por Fernand Pouillon, ¡en tan solo ocho años! El castillo es hoy una residencia particular visitable, con galerías de arte y un bestiario con monstruos articulados. Es la primera vez que cruzas un foso con agua, alegre como un niño. Piensas en el castillo de Clavijo, monumento histórico y ruina consolidada, pasto del olvido y del abandono, que ofrece eso sí unas inmejorables vistas desde su atalaya.

  • El equilibrio es imposible

    ¿Mejor ir a la oficina de turismo, recibir un mapa e instrucciones y luego visitar el pueblo de número en número como en el juego de la oca; o bien olvidarse de la oficina, del mapa, de los números, y deambular como vaca sin cencerro mirando todo sin entender la materia inaprehensible que encierran las cosas en su pasado, apenas un ligero contraste, idéntico calor, las mismas cuestas, el escaso frescor en los lugares de culto, las lucecitas de la buena esperanza de las notificaciones y sus reclamos? ¿Pero cómo se pudo construir ahí burlando de tal manera la gravedad?

  • Singladuras por la ciudad líquida V

    Cuando te regalaron una cámara digital, el primer día que hubo tormenta te asomaste al balcón y tardaste más de una hora en inmortalizar un rayo. De la misma manera que sentiste la desilusión al enterarte de que los padres eran los Reyes Magos, así te sentiste cuando viste el haz luminoso en la pantalla. Demasiado fácil pensaste. Regresaste a lo analógico. La cámara pesa y te hace sufrir de la espalda. Has quitado la tapa de la lente, tienes la cámara en las manos y un presentimiento. Enfocas y disparas. Miras en la pantalla el gondolero, ahora inmortal.

  • Singladuras por la ciudad líquida IV

    ¿Y si es un callejón sin salida? ¿Y si al final hay un muro que no puedes rebasar y debes desandar tus pasos? ¿Y si la calle muere en la laguna y seguir caminando te convertiría en un ser abisal? ¿Y si preguntas a alguien si la calle de la vida conduce a algún lado? ¿Y si nadie entiende tu italiano macarrónico y entiendes lo que no es? ¿Y por qué está escrito en castellano y no en italiano? ¿Y si tú que estas ahora nel mezzo del cammin di tua vita, equivocas el infierno por el paraíso? ¿Entonces, qué?

  • Singladuras por la ciudad líquida III

    Cees Nooteboom recomienda perderse en la ciudad, recorrer las calles sin el auxilio de un mapa, convertir el paseo en deambuleo, sin prisas y con pausas constantes. Concédete pues un momento, cierra los ojos y escucha. El báratro sonoro no será el ruido de los motores de los coches o motos, sino el chapoteo del agua contra la piedra en los canales, las cañerías de un opresivo retrete inundado, así Venecia según Bassani. Olvídate de las guías turísticas, los mapas, los móviles, el GPS y dime, ¿para que los necesitas cuando todos los caminos conducen a la Plaza San Marcos?

  • Singladuras por la ciudad líquida II

    Has decidido tomarte este viaje como un juego y el laberinto que es la ciudad, o quizás el destino, te ha traído a esta calle, o callejón. Una calle desierta en una ciudad siempre abarrotada ha de significar algo. Ahora necesitas un pin. No hay otra manera de avanzar por el callejón si te empecinas en seguir, pero fuertes brazos de aire te impiden avanzar. Ves cuatro números en la pared. Los pronuncias en voz alta. ¡Agua! Demasiado obvio. Experimentas un rapto de lucidez y gritas ocho, ocho, ocho, ocho. El aire cesa al instante. La ciudad infinita te aspira.

  • Singladuras por la ciudad líquida I

    Imposible reconocer la Iglesia de San Geremia por la fachada, ahora oculta, tampoco por la cruz en la linterna sobre la cúpula. Sabrás que dentro están las reliquias de Santa Lucía porque un turista español lo dice a viva voz a su pareja. No te vendría mal algo más de vista, piensas, víctima de la presbicia. Pero el cartelón sí lo ves. La publicidad financia hoy las obras de restauración de las innumerables iglesias. Ayer era un cartelón de Cartier en la Basílica de Santa Maria della Salute. ¿ La sobriedad interior del templo sagrado desdecirá la lujosa ropa del exterior?

  • ¿Qué nos dirían las gargantas?

    ¿Recuerdas cuando fumar era glamuroso y también bueno para ti? Te lo recuerda el texto a la derecha del rostro sonriente de la actriz Lucy Bell. La gente entra en el estanco, hace oídos sordos y también la vista ciega a los carteles explícitos. No solo al Fumar mata, también a las imágenes con órganos necrosados, cicatrices o personas hospitalizadas. Saben que van a morir, como el resto. No saben cuándo. Los no fumadores como tú, tampoco. Pero una cosa está clara: son personas generosas que soportan las arcas públicas del Estado, que antes de matarlos los desangrará a impuestos.

  • La línea del horizonte

    Es el momento previo a cuando ya no se distingue el lobo del can, ni un hilo blanco de otro negro, afirma, a tu lado, el hombre que aparece entre las sombras, haciendo gala de su saber. El lubricán, concluye. Asistes a un espectáculo efímero, natural, siempre distinto. Los minutos pasarán, oscurecerán el cielo y solo restarás tú, la farola encendida y una legión de mosquitos zumbando alrededor. Antes, celebrarás la tan cacareada luz del sur, aquí y ahora, en Isla Cristina. Prefieres el mar a los esteros. Te recreas en los estertores del día que languidece. Respiras el crepúsculo.

  • El desdicho refugio climático

    ¿Y si te acoges a sagrado? te preguntas, azuzado por la calorina que hace fuera, y derrite los sillares de piedra del casco antiguo cacereño. Pagas la entrada, pegas el audioguía a la oreja, constatas por primera vez en toda tu vida que estás sudando dentro de una iglesia. Pruebas en las capillas con el mismo resultado. A calzón quitado asciendes al campanario. Recibes una bofetada de calor. Nunca has tenido una campana tan a mano. Ardes en deseos (será por el calor) de hacerla tañer. Quieres sentir el badajo entre las manos. Hacer mucho ruido, manifestar tu creciente malestar.

  • Ola (y adiós)de calor

    La plaza desierta, el cielo gris, el viento frío. ¿Regresas al tiempo de la pandemia? No, pero nada te invita a pensar que hoy es doce de julio, mediodía, que estás en Sevilla. La torre, al fondo, es la Giralda. Una amiga te lleva y trae por las calles y plazas que recorres al galope. Empatizas con los equinos, velada la mirada por las anteojeras. Igual tú, viéndolo todo sin ver nada, echando fotos sobre la marcha, como si viajaras en un tren de alta velocidad. ¿Qué tiene Sevilla que enamora? Palpas tu cuerpo buscando la marca inequívoca del flechazo.

  • La comunidad vegetal

    No deja de maravillarte cómo el viento, tan incorpóreo, es capaz de hacer tamaños destrozos. Así ves los árboles arrancados de raíz, el cepellón al aire, o golpeados, como un púgil poco diestro que antes de ir a besar la lona buscase el reparador abrazo y lo encontrase, en un esmerado ejercicio de geometría arbórea. Es posible que en el siguiente halón de Eolo los tres árboles besen finalmente la lona: el tupido manto de hojas caducifolias. O bien logren resistir a pie firme, como ese acebo minúsculo al que has visto desafiar las pisadas, plantado en medio del camino. 

  • Fachada: del it. facciata, y este der. de faccia ‘cara’.

    No la mandorla con querubines, ni el poderoso puño de hierro, sí la delicada hoja de parra en precario equilibrio. También la fina aldaba silenciosa en una invitación a no llamar, a contemplar la fachada en la prudente distancia. Ves los bancales de ladrillo, la naturaleza reptando por la pared sin encontrar el auxilio de la ventana. Incluso el número resulta una víctima más del tiempo que no deja nada inmaculado en su poso de herrumbre. Crees que vences el tiempo con una foto porque atrapas el momento. Será una más de las miles de fotos arrumbadas en el móvil. 

  • Oxímoron

    Dudas de la dulzura de la cuesta mientras haces la digestión, caminando por uno de los pueblos más bonitos de España, según el cartel; aunque las urbanizaciones abandonadas a la entrada del pueblo desmerezcan el bello conjunto monumental integrado por casas solariegas y blasonadas. Zarandeado por el viento decides no asomarte demasiado en el muro de piedra de los restos del castillo, desde donde observas la Sierra de Cantabria, al Ebro moroso, desdeñando la prisa en el meandro. Antes estuviste en Cenicero. Visitaste una bodega gigantesca. En tu mente proyectas el título de una película: Lo que el barranco esconde.