• Las raíces del mar

    No es necesario ir al Monte Saint-Michel para ver cómo desaparecerá bajo tus pies, al subir la marea, el camino que te conduce hasta la Isla de San Nicolás. Ve con cuidado de no resbalar porque la piedra está húmeda, comida por el verdín. Envidias a quien a mediados de octubre todavía se da baños de mar. Observas el puerto, las casas bajo la figura imponente de la Basílica de Santa María. Vuelves la mirada al mar, al vuelo de las gaviotas. Siempre te has preguntado si el mar tiene raíces. Encuentras la respuesta en la arena prieta que pisas.

  • ¿Fiesta?

    No es la inteligencia artificial algorítmica la que te hace escuchar Vivo en un país cuya revolución es hacer botellón y dejar sucio el parque… al tiempo que caminas por las inmediaciones de Nestares, sino la mera casualidad, para toparte con las consecuencias de lo que hoy, en todos los lugares, se considera Fiesta: vidrios rotos, latas, bolsas de plástico que acabarán en el río, alcohol derramado; bajo un quiosco de música estridente y noctámbula. Piensas en el ensayo del poeta filósofo o viceversa, Luis Alfonso Iglesias, El país era una fiesta. Ese sí, un límpido fiestón de la inteligencia.

  • La velocidad

    Vas buscando una alternativa a la carretera, por eso te encuentras ahora en un camino alfombrado. Pedaleas con mucho cuidado de no romper el cambio en los surcos. Al frente ves el peñasco, encaramadas en el mismo las ruinas del Castillo de Clavijo. En el pueblo sopla un viento fresco e incómodo. Repones fuerzas en el desértico centro social. Al regresar, el paisaje se torna infinito. Logroño desparramado en su totalidad practicando la horizontal. Detrás la Sierra de Cantabria, el León Dormido, la Sierra de Codés. Sientes la velocidad; los coches pegados al culo. Van buscando una recta para rebasarte.

  • La voz de las piedras

    Caminas bajo la lluvia por la villa de las tres mentiras entre calles pobladas de turistas. A resguardo, ya en la colegiata, recorres el claustro; en los capiteles hablan las piedras: degollaciones, leones desquijados, milagros, apóstoles. La pugna entre el bien y el mal, aquí, ¿entre el ayuno y la gula? Postrado frente al bello retablo avanzas luego hacia el órgano. El acceso está vetado para ti. La gula no vence al ayuno, el mal no vence al bien. No te relamerás fuera. Ni el vasuco de leche fresca en la mano, ni las migas del bizcocho en la camiseta.

  • Let me in

    Impregnado por el verde frescor en Ribavellosa, de paseo bajo la salutífera sombra de hayedos, encinas, robles, castaños y tilos inmortales, y luego en cuclillas en el escrutinio de las deposiciones ¿zorro o garduña?, caminas ahora por Torrecilla; paridora de Práxedes Sagasta. Vas sin rumbo fijo: rayuela de terrazas hasta dar con un inmueble que te atrapa. Alzas el cuello y aplaudes ante la espigada casa Solé. Palpas los sillares propios de un castillo, buscas el sol en el reloj, el traqueteo en las repisas ventaneras. El eco de La persistencia de la memoria en las ventanas. Let me in.

  • Urdimbre

    Después de cruzar por un paso a nivel, comentas en un tuit que te vienen en mientes las Andanzas del impresor Zollinger. Resonancias: te gustaría tener el aplomo de Walser, aquella cachaza. Sin estar el suelo nevado, su imagen yaciendo en el blanco lienzo no se te va de la cabeza. A resultas del tuit, un amigo te dice que sufres El Mal de Montano. Estar enfermo de literatura te parece, puestos a enfermar, una de las mejores enfermedades que podamos arrostrar. Un pensamiento se abre paso: no has leído el libro de Vila-Matas con ese título. Otra tarea pendiente.

  • Costa blanca de bruma

    Surge la niebla del velero o el velero de la niebla, piensas. Un velero casi invisible si no fuera por el mástil, desvelado por la atenta mirada. El horizonte ha devenido un lienzo en donde pugnan los blancos y los grises; oculto el cielo. Piensas en Costa a la luz de la luna. Pero aquí no hay una hoguera, ni destellos, ni luz, ni asomo de vida: solo un blanco que no ciega, para una bruma que no cala, y en un horizonte apagado y sin perfiles. Parpadeas y el velero ya no está: ¿banco de niebla o agujero negro?

  • Casa okupada

    Que no había que poner puertas al campo, pero tú ni puñetero caso. Ahí está ahora el umbral que franqueas, la verja sin engrasar y chirriante. Hay una advertencia en el lamento que desatiendes; tú siempre erre que erre. Apartas las ramas de los ojos, las ortigas de los brazos, en esta casa ahora okupada, donde la naturaleza fue recuperando lo que era suyo. Sigues avanzando hasta que desapareces entre lo verde y es entonces cuando súbitamente espabilas, luchas, pataleas hasta ser escupido sobre el asfalto que nunca debiste haber abandonado. Anda, cierra la puerta, pon el candado y márchate.

  • Marcapáginas

    A la velocidad del rayo surca el avión el tramo de cielo sobre tu cabeza. Visto desde la orilla, arriba la barbilla. Al frente, el mar y el cielo confunden el horizonte como en un cuadro de Rothko. La tercera horizontal sería la arena negra. A medida que te internas, el oleaje te zarandea y cuando divisas una ola que viene hacia ti, en su seno de espuma te sumerge, estirado en el agua como una tabla de surf, arrastrado hasta la orilla, embadurnado de algas te incorporas. Una semana después extraerás con un bastoncillo arena negra de ambos oídos. 

  • Dios no juega a los dados, juega al Tetris

    Que Dios no juega a los dados lo sabemos gracias a Einstein, pero que juega al Tetris es algo más desconocido, y que tiene la naturaleza, te atreverías a decir, de un secreto. Sucedió que estando en una playa de Gran Canaria, al salir de la mar, embravecida y erizada por olas muy surferas, te percataste de que lo que tenías frente a ti no era un edificio maleducado, a espaldas del mundo, sino la obra del Hacedor, que ese día, en vez de manos tuvo manoplas, y que aburrido dejó la partida, afortunadamente, sin resolución. Y a Dios gracias.

  • Calima II

    El aliento cálido de la tierra inerte no desincentivará el paseo alrededor de la urbanización. En el alcor, frente al pareado, mira a su alrededor y se siente un pionero, también un colono. Piensa en los aborígenes, en sus condiciones de vida, en la isla como una cárcel flotante. Deja el pesado pasado atrás y ahora camina por la avenida hasta su final, bajo la atenta mirada de los invernaderos a su derecha. Quisiera agarrar una de aquellas hojas gigantes, asomadas como brazos pidiendo ayuda. El cielo le devuelve la imagen de un sudario. Regresa a casa. La fresca Ítaca.

  • Calima I

    Dios acaricia los vellones mientras camina perezoso por el mullido terreno. Piensa en una calzada romana en donde la espuma de aire blanco hubiera reemplazado los bloques de piedra. Abajo, los bañistas chapotean en el agua, enmarañados en las olas, puestos a secar bajo el sol que se les hurta. Por eso Dios decide estornudar, desvelar los cielos. Corren los mortales ahora bajo las sombrillas, a aplicarse las cremas solares, a ofrecerse como mártires de la vitamina D, a poner a prueba la melanina en cuerpos mantecosos, prontamente rojizos. Hecha la luz, reinará la alegría de nuevo, el júbilo comunitario.

  • Cuaderno de Praga. Siete

    Del no saber te saca Google Lens, cuando en la visita al Palacio Real, en el castillo, al otro lado del río Moldava, veas una construcción cerámica, tipo zigurat. Una calefacción de entonces, verde como la cerveza que te ventilas poco después en el Kafedam. A la noche anhelas darte un paseo por los pasillos de la biblioteca del Clementinum, no tener que conformarte con estirar el cuello desde un balconcillo y apresar tanta belleza en tres fotos en escorzo. Te imaginas ahí abajo, a la pata coja, en el terrazo, brincando de rombo en rombo: una rayuela para adultos.

  • Cuaderno de Praga. Seis

    Construyes la ciudad pieza a pieza, a medida que subes a las distintas torres y cierres el conjunto en la última, en la aireada torre Eiffel de juguete, en el Monte Petřín. Verás condensada Praga en un trávelin panorámico, afincada en la tierra. Disfruta de la ciudad desde el agua, surca las venas de la urbe y sus canales. En los ojos de los puentes pasas a ser una legaña molesta y juguetona. Nos resta el fuego. Comparece con la inmolación del joven Jan Palach, dando comienzo, dos décadas después de su muerte, al final del régimen comunista, el 17.11.1989.

  • Cuaderno de Praga. Cinco

    Descansas en los parques. Ves carteles que prohíben fumar hierba y pincharse, entre otras cosas. Experimentas un deja vú, en la galería Lucerna bajo el caballo de Wenceslao, cabeza abajo. Eres testigo de cómo la oscuridad se hace arte en el Teatro Negro. Bastan cien metros para reunir a miles de personas junto a un muro, no al de las lamentaciones, sino al de los recuerdos, Lenon mediante. Muro, palimpsesto, batiburrillo de pintura, palabras y pegatinas, grumo en el que se disuelve el ayer. Al otro lado del muro, en una taza te impacta una frase: Procrastination will kill you.