• Cuaderno de Praga. Cuatro

    Kafka pidió a su amigo Brod que quemase su obra. No lo hizo. Una feliz desobediencia según Borges. Conociendo a Kafka se entiende que el museo sea una sala pequeña apenas iluminada. Una línea del tiempo (corta) de Kafka, un árbol genealógico, libros, cartas, fotos y poco material más. Kafka hubiera pedido que no le hiciesen un museo, petición innecesaria si Brod hubiese cumplido su palabra. La gente fotografía fuera las esculturas (obra de Černý) de dos hombres meando sobre un charco (Chequia). Kafka es un icono que vende tanto como el Che en su día, pero ¿alguien lo lee? 

  • Cuaderno de Praga. Tres

    Al caminar por las calles de Praga no mires los adoquines y alza la mirada. Verás a Freud colgado de una barra en lo alto de un edificio, un joven sobre un muro, una niña entretenida con un avión de papel, y mariposavionetas. Por no hablar de toda la miríada de atalantes, hombres musculosos, mujeres desnudas soportando las cornisas y repisas en un sinfín de bellos edificios. O un poco más abajo un feto instilado en un canalón, manos (Věrni zůstaneme), bustos. Así es el arte escultórico praguense: inesperado, sorprendente, impactante; una voz queda, pero audible si pones el oído.

  • Cuaderno de Praga. Dos

    No morirás hoy en Praga con aguacero mientras recorres el cementerio judío erizado de tumbas de piedra, hendiendo la tierra bajo el gigantesco castaño de indias. El pasado son los progromos, las expulsiones, las persecuciones, de siglo en siglo. Hoy lees los nombres de los asesinados antaño en las paredes de la sinagoga. Ves las fotos de los ciudadanos israelíes, las pegatinas pidiendo que vuelvan a casa los secuestrados por Hamas. Lees acerca del dolor ajeno y piensas que los israelíes están tan ocupados con el propio, que el ajeno, el gazatí, aunque de ellos depende, ya poco les importa. 

  • Cuaderno de Praga. Uno

    Ni rastro de Kafka. No está escondido en el goulash que comes con avidez, ocre como un campo de batalla. Tampoco en las galerías comerciales, atestadas de turistas como tú. Vas buscando su estatua, y te despistas en cada calle y plaza. Te pasmas delante de cada escaparate y te cuesta mucho imaginar los tanques, donde ahora circulan los abundantes tranvías, los animosos turistas, la invencible alegría. La revolución de terciopelo es hoy el plumero que acaricia tu rostro. Incluso el pasado parece flotar ahora con un aroma dulzón, a trdelník. Buscarás a Kafka en los libros, no en Praga.

  • Bajo el sol del Lacio

    Ves dos esculturas de Botero en la Piazza del Popolo. Luego sabrás que son Adán y Eva. No hay aquí rostros níveos y estilizados -aunque gigantescos- como los de las esculturas de Plensa, sino volúmenes contundentes, donde la desnudez de la pareja bíblica cede el protagonismo al volumen broncíneo, a la opulencia, a las curvas, a la felicidad de la abundancia, en suma. Cara a cara es posible que hablen o les sea suficiente con mirarse o con agitar los cortos brazos anhelantes de un abrazo. La distancia elegida por el autor es la necesaria para que entren dos smart.

  • El Coliseo cuadrado

    Un popolo di poeti, di artisti, di eroi, di santi, di pensatori, di scienziati, di navigatori, di trasmigratori. Palabras que el viajero lee en el Palazzo della Civiltà Italiana en el Eur, el conocido como el Coliseo cuadrado. Sorprende ver ahí a los poetas, artistas, pensadores, científicos, migrantes, porque estas son las palabras que el dictador Mussolini vertió en 1935 y que sus acciones desdicieron. Un edificio, ejemplo del modernismo racionalista fascista que domina hoy, inerte en el horizonte, próximo a la Basílica de San Pedro y San Pablo, cuyo interior permanecía vacío a mediodía. Nada que ver con el Panteón.

  • Snuff art

    Caminas por los jardines de Villa Borghese y reparas en una escultura. Piensas entonces en la película Tesis, en los snuff movies, al ver cómo tratan aquí de silenciar a Attilio, al anticlericalista y antimilitarista sardo, después de muerto. También puede tratarse de una simple labor de mantenimiento o conservación, aunque no parezca que aquí haya apenas contaminación, tratándose de un oasis en la ciudad. Lo más probable es que a Attilio se le venere, porque murió en el frente en 1918. Porque pidió seguir, tras la decisiva batalla del Piave. ¿Son las contradicciones las que hacen avanzar el mundo?

  • ¿Cómo estaba la plaza?

    Mucho titán y mucha fuerza, pero la maldición no es ser carne mortal sino piedra flasheada, piensa Oceanus, sin la posibilidad de alzar el agua y anegarlos a todos, pues más que harto está ya de tanto trajín, del tráfago de gente y tantas fotos, del acarreo de selfis y del lanzamiento de monedas, sin que nadie repare lo más mínimo en él. ¡Oh, pobre titán ninguneado! tan a la vista que nadie te ve ahora en el alud de pantallitas de rostros risueños, alegres y esperanzados, sabedores de que de Roma al Amor basta un cambio de sentido.

  • El agua del pueblo

    ¿Qué sería Roma para el viajero sin sus innumerables fuentes, diseminadas por toda la ciudad, brindando auxilio cuando aprieta la sed y hace mella el calor, incluso a finales de septiembre? Agua fresca que brota de manera ininterrumpida desde los caños. Un alivio para el bolsillo y un beneficio para tantísimos turistas y ciudadanos. Porque además, el agua de las fuentes está buenísima. Agua que llega a las mismas desde los acueductos todavía en uso. De esta manera el legado romano cobra todo su esplendor. Basta observar la inscripción ahora tan de moda y antaño acuñada en las monedas: S.P.Q.R.

  • A galopar, a galopar

    No siendo Livingstone tu espíritu viajero te mueve a ir más allá de las siete colinas, hasta la octava: la colina del Janículo. Quieres coger la distancia apropiada para ver Roma en toda su extensión. Antes de llegar al altozano, a lo lejos, divisas un faro. Miras a tu alrededor ¿Roma ha mudado en Nápoles? No. Es un regalo de los migrantes italianos que fueron a la Argentina. Hoy no lo verás iluminado con los colores patrios. Avanzas hasta situarte bajo la estatua ecuestre de Garibaldi. Pero ahora el espíritu infantil tira de ti y no quieres equinos sino ponis.

  • Venus

    Hoy no dormirás en uno de los bancos de la Terrazza del Pincio, porque el arte ha decidido concederte un regalo. Superada la medianoche solo reina el silencio y la oscuridad. Gulliver siempre fue tu cuento favorito. Menudo, liliputiense como eres, te cuesta horrores encaramarte sobre la broncínea escultura. No quieres perturbarla. Tratándose de una diosa podría fulminarte con la mirada, reventar tu cabeza como un melón. Ahormas tu cuerpo a las pródigas curvas, al metal fundido, todavía caliente. Al alba tendrás que pisar tierra firme, presa del extrañamiento. A la noche buscarás de nuevo el asilo axilar de Venus.

  • La lectora de Bretón

    Es posible que algún turista, en su deambular por la calle Bretón de los Herreros, se detenga ante la figura femenina de bronce patinado ubicada frente al Teatro homónimo y repare en el libro sujetado con las palmas de las manos, sobre las piernas; también en el gesto ausente, distraído, sereno, incluso triste, al que nos aboca la lectura cuando es sugerente, una vez finalizada. Entre la algarabía reinante y la alegría vociferante exhalada desde las terrazas por la marea turística, la lectora de Bretón se erige como testigo silente. No brindará, ocupadas las manos en el pan de vida.

  • Planos de realidad

    Ya no eres un niño y sabes que cuando cierres los ojos la realidad no desaparecerá y seguirá ahí cuando los abras. Pero ahora sientes otra clase de miedo, menos específico, más terrible. Abrumado piensas que formas parte de un lienzo, que el edificio será borrado en cualquier momento, como sucederá también con los árboles, con las personas, hasta ser una mancha más de pintura al fondo. Decides convertir la amenaza en una oportunidad y ahí te espera la gloria, amigo: porque morirás para nacer en otro cuadro, en el Blanco sobre blanco de Kazimir Malévich. ¿Qué te parece, eh?

  • Plazas en pandemia

    En la Plaza del Parlamento llama tu atención la plaza desierta. Ves los adoquines, ocultos siempre por las patas de las mesas y sillas. La soledad sonora brama su desamparo y confiere un rostro inédito a un espacio que durante semanas dejará de ser una plaza: el órgano vital de la ciudad por cuya sangre corren las palomas, el paisanaje, los turistas, la vida: la linfa urbana, en definitiva. Haces de la mirada un trávelin, del lamento un monólogo interior, sin audiencia. Presientes un futuro oscurecido; la mano pondera el grosor de la Muralla del Revellín. Temes que sea insuficiente.

  • Una invitación a la lectura de William Shakespeare

    Antes de llegar a la Plaza del Mercado, ahora Rastro dominical, deambulas por la calle Herrerías, reparas en las ménsulas de la fachada en la abandonada casa de Maximino Hijón, en las cabezas de león de la puerta, mientras piensas en la historia almacenada ahí detrás, pero superas el silente Orfeón, y frente a la persiana bajada, reina ahora el silencio, no el entrechocar de vidrios, ni las alegres canciones, tampoco las bravatas del disparatado y orondo borrachín alzando el vaso. Tan solo el olor acre de la fiesta. Sabes que todo es una invitación a la lectura de Shakespeare.