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  • Los no llamados por su nombre. Matthias Grünewald, el pintor (Ramón Andrés)

    Cada lector tendrá sus motivos para leer. Ya sea como entretenimiento, pasatiempo, enriquecimiento intelectual, herramienta de evasión, autoconocimiento, etc. Tenías a la mañana entre las manos (o mejor: entre las neuronas) el ensayo de Ramón Andrés, Los no llamados por su nombre. Mathias Grünewald (el pintor), cuando has leído algo que te ha parecido muy interesante: Cuando alguien lee, devuelve al mundo su lentitud, no lo expolia, se emplea en restituirle lo que fue suyo; lo regresa a su silencio inaugural. Si hoy entre tanto ruido y apresuramiento la lectura puede devolvernos a la lentitud y al silencio, bienvenida sea.

  • Cresta Mugalari

    Recorriste la cresta sentado, agarrotado ante la visión de sendas paredes verticales, a los flancos, bajo tus posaderas. Hubo quien incluso sintió paralizadas las extremidades, el rostro blanco, el vértigo (hijo bastardo del miedo) haciendo de las suyas. Ahora, en la distancia, parece más ancha la cresta Mugalari. El León Dormido presenta otro aspecto, menos fiero, más amable. Ni rastro de los buitres, ni siquiera sopla el viento. El movimiento, donde estás situado, lo ofrecen las familias con hijos que hacen cumbre, toman fotos y descienden. Carga las pilas. Respira. El lunes volverás a ser un hámster en la rueda.

  • Beriain

    No parten diez argonautas del mar de niebla, sino diez excursionistas hacia Beriain. Ascensión o calvario. ¡Anda!, Andoni ya baja como Pedro por su casa y saluda. Búscame en internet, dirá. Arriba el horizonte se alimenta a sí mismo. Parada en la ermita de San Donato. Pero ni oráis ni yantáis. Sobre vuestras cabezas, buitres y parapentes compartiendo el mismo aire. Se suceden los portillos en el barco de piedra, rumbo hacia la proa. Luego, la bajada pronunciada. ¡Dame pista (forestal) que voy! ¿Quién va en busca del tiempo recolectando berros, lo pierde? No. Llegamos a Unanua. Empacho de vocales.

  • Etxebarri

    Avanza la cuadrilla multicolor en su vaivén. De la cima a la sima por los montes de Etxebarri. Verás penachos de roca con forma de colgajos fálicos. Recorrerás la brecha del tamaño de dos brazos, donde se filtrará la luz del esforzado sol. Aceptarás los juegos que la naturaleza te ofrezca: la pequeña abertura apenas visible entre bojs; como en el tragantúa serás defecado al otro lado, en un claro. Sortearás túneles de piedra y sendas escarpadas. Encontrarás abrigo en el sereno tronco del roble. Luego Etxebarri, después Larrión. Lo compartido bien sabe. ¡Qué rulen las palabras y los bizcochos!

  • Izki

    Escupe agua sobre las fronteras: Álava, Navarra, La Rioja. ¿Qué saben los árboles de estos lindes administrativos? Ves los mojones de piedra en los bosques. Beben los robles, las hayas, los acebos, los castaños, en su ofrenda de castañas, las yeguas en los caminos. Recorres la cumbre. Hasta el cielo te conducen los pies, y también el bizcocho, el membrillo, el orujo de maguillas. Pronto caerá la tarde. Verás cómo rebotan los años rejuvenecidos en el frontón. Ahora en el vaivén del columpio y el suave trote del caballito. Sientes la fluidez en el tobogán, la inercia de la alegría.

  • Toloño

    No regresarás por los madroños, las manzanas del camino, las maguillas, los impasibles caballos percherones, los halcones en su bucle, el camino que trazan las senderuelas; tampoco por el banco de nubes, la bruma inconstante, los espinos en los tobillos, la concertina vegetal de las zarzamoras, la luz haciéndose un hueco entre las ramas de las hayas o el terreno velado alfombrado de hojas, ni incluso por las increíbles vistas en el Toloño, en Peña Colorada, en el Portillo Salsipuedes. No. Volverás por la animada conversación, las impetuosas risas, el almuerzo al socayo. Volverás por el grupo. Y así  reincidirás.

  • Untzillaitz

    Envidias el fluido volar de los buitres, la ligereza de las cabras montesas en la cima, a las jóvenes amazonas vascas que te rebasan; mientras tú con tus pesados pies y el corazón tan acelerado, camino de la cumbre. Lo logras. Abajo Durango, el mar al fondo. Pero el viento, la posible lluvia, la concurrencia; todo anima al descenso. ¿Ves el hilo de tierra pegado a la roca? El magro camino que te abocará luego al bosque. Manzanas, nueces, castañas entre la tierra húmeda.  Observas cómo en la tapia sin tierra brotan las margaritas. Siempre logra abrirse paso la vida.

  • Quimboa Alta

    Nada que ver con la sensualidad que rezuman los bikini bridge, pero después de la ascensión, bien ventilado tras atravesar el collado, habiendo dejado de lado el vivac y pisando lascas de piedra, lejos ya del cascabeleo de los cencerros y cada vez más cerca de un cielo despejado y elástico, ya en la cumbre, es menester sacar el móvil y ejecutar un sándwich leg. Al frente los picos graníticos recortándose en el horizonte, buscando (como a Willy) el ibón de Acherito, reflejo de agua en lontananza que no atiende a un espejismo, a pesar del esfuerzo y la fatiga.

  • Sierra de Árcena

    Enseñoreado el otoño en los caminos velados de hojas, en la algarabía de colores de un pintor de la naturaleza, febril. Al caminar absorbes la humedad mientras asciendes hacia la cresta gris al fondo. El corazón desquiciado, el sudor empapando la camiseta. En la cima te rodean los valles, el curso del río Ebro, la central nuclear, los colores singularizando cada árbol. Arrecia el viento haciéndose notar en su invisibilidad. La magnífica vista, el horizonte casi infinito es la justa recompensa al esfuerzo. Abajo la sima hacia la que te encaminas. Contemplas la lluvia en el interior de un castaño.

  • Restauración

    No necesitas saber lo que ha hecho para estar castigada, mirando a la pared, y de espaldas a los transeúntes que la fotografían según avanzan. Su medio es el aire. Su miedo, el metal que le da forma, inservible ahora toda su arrogancia punk. ¿Y si la intervención artística consistiera en mudar el hierro en papel, y el asidero fuera la cuerda que cortarías al instante para restaurarla al aire? Te cuenta un vecino que los pájaros necesitan tierra firme, que no pueden vivir indefinidamente suspendidos. Esperas que un golpe de viento cambie al menos la dirección de la abubilla.