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  • Esa bruma insensata

    Hoy caminas por el Puente de Hierro hacia la niebla o desde la niebla, tanto monta, y recuerdas las palabras de Juan Marsé: Hay dos maneras de construir una novela, ir añadiendo todo lo que en ella no sobre o ir quitando todo lo que en ella no sea indispensable. La niebla hace lo propio con el paisaje: añade los árboles, el alquitrán, las farolas apagadas o bien quita todo lo que no es necesario, y así sigues tu camino. Sabes que al otro lado hay una bodega fundada en 1890. Respiras. Tu aliento es también niebla. Tú, polvo enamorado.

  • Palmeras urbanas

    Recién viste la exposición Abierto por vacaciones. En una fotografía un árbol y un edificio se fundían. Hoy sales a pasear y te preguntas qué sería antes: la palmera o el edificio. Las ramas son un plumero hacendoso acariciando la fachada, los cristales, el ladrillo rojizo. Si algún vecino estirase la mano podría coger incluso dátiles, si los hubiera. Seguirá creciendo la palmera y dentro de unos años será más alta que el edificio. ¿Hasta dónde llegan sus raíces? ¿Hablamos aquí de un árbol doméstico? ¿O es el edificio quien sirve al árbol? ¿Los vecinos/jardineros quienes velan por su bienestar?

  • Deambuleo

    Te aboca al parque el reclamo de querer ver la crecida del Ebro. Desde la orilla contemplas el agua espumosa haciendo molinetes, cigüeñas crotorantes construyendo un hogar de palos entre los picos, troncos desubicados camino de la sedimentación. Piensas, durante un instante, cómo sería la ciudad -partida en dos por el río- sin el río, ni la ocre humedad, sin puentes ni pasarelas, sin aparato circulatorio, en definitiva, y el ahogo sucede al pensamiento que la caminata alivia. La mirada cautelosa dirigida hacia la aguja de Palacio, a los altivos campanarios, en la otra orilla, detrás de la inexistente muralla.

  • El reclamo del agua

    La presencia airada, el nerviosismo en la voz del par de jóvenes -en su precipitación informe de años-, al preguntarte si hay algún bar cerca desde donde ver el río, el Ebro, puntualizan. Son rostros pescados de la ruta bacaladera y marina, varados ahora en el interior, con ojos de agua teñidos de alcohol, deshidratados y desesperados, buscando reparar la sed en el aliento húmedo del río, dilatado en sus márgenes. Marchan sin dar las ¿merecidas? gracias a las precarias indicaciones recibidas, los pasos decididos hacia el embarcadero, el río sin ocultar las estrías de colores de los entusiastas kayakistas.

  • Estelas

    El cielo es hoy un encerado donde los aviones practican sus ejercicios de caligrafía con sus estelas sobre el auditorio arbóreo. Piensas en términos caligráficos pero también pudiera ser la geometría; la de dos líneas que se cortan. En una discusión lo más llamativo es siempre la colisión de las palabras, la fiereza del lenguaje, la polvareda de las recriminaciones, sin embargo, es la estela de lo dicho lo que subsiste y se empecina en ser. Lejos de los protagonistas y su algarada libran su propia batalla. No es caligrafía ni geometría. Lo propio de las estelas es la esgrima.

  • Extrarradio

    La ciudad parece distinta, piensas mientras caminas sin rumbo por el extrarradio o páramo sonoro. Las luces apagadas en el cielo ceniciento son el aviso por megafonía de que ya está aquí el otoño, de calle tu estación preferida. Anochecerá pronto y la duda es si encaminar tus pasos hacia el Monte El Corvo, cruzar el Ebro o sacar los patines de la mochila y hacer molinetes hasta que en el vórtice pierdas el sentido de la realidad. No haces nada. Dejas que la oscuridad te devore. Miras la luna de octubre, la luna del viaje que emprendes hacia casa.  

  • Extravíos

    Caminas por la calle, deambulas, flaneas, viento en popa a toda vela, la quilla el calzado, -náuticos gastados- hasta desubicarte. Achicas los ojos. Alrededor edificios clónicos de una ciudad que te ha parido con alopecia y miope. El desamparo es la periferia, el extrarradio, las afueras. Miras el nombre de la calle. Un pintor, un conquistador, una poetisa ¿importan a alguien? No hay locales ni bares ni panaderías ni guarderías. Sí una parada de autobús. Montas en el primero que llega. Eléctrico. No sabes adónde va. No importa. La angustia ya está en tu interior. Y no piensas dejarla salir. 

  • No tardo

    Penélope lo mira desde el umbral y le reclama un beso. Él se acerca y se lo da, estrechándola entre sus brazos fornidos. Él desconoce que luego la Odisea contará sus gestas, que el texto, ahora entre tus manos, se volverá inmortal. Siempre le trae Ulises algo después de sus múltiples viajes. No, no es un viajante, es un guerrero, un diplomático marcado por su sagacidad. Penélope tiene hoy un presentimiento. El umbral es en ese momento un abismo. Dos décadas llevan ya percutiendo en su cerebro las últimas palabras -fueron dos- de su amado a la partida: No tardo.

  • La memoria del vacío

    El interior es ahora el afuera, pasto de la intemperie y el desescombro. Asoman paredes pintadas, pero no verás el rojo del rubor sino el verde de la esperanza, ahora imposible. Has visto menguar el tamaño del inmueble cada semana; un truco más del Gran Prestidigitador, en las habilidosas manos, no invisibles, del Mercado. No oirás la algarabía de voces en el patio de luces, ahora apagadas, ni el arrítmico latido del corazón en la siemprencendida del salón, tampoco el trajinar de cazuelas en la cocina. Olvídate de los acelerados pasos pubescentes en la escalera. Memoriza el vacío y marcha.  

  • Maremágnum

    No verás surgir del cementerio la escalera celestial, sí un carril bici que protegido te conducirá hasta tierras navarras. En el polígono Cantabria te recibe el olor del café tostado. Paras en el talud. Entre la maleza ves un acceso a otra dimensión. Eso piensas. Según la mirada entra en la oquedad ves cómo esta se va estrechando. Pero es una ilusión óptica. El acceso no es aquí un coito, ni la ilusión es una esperanza, solo posibilidades del lenguaje, acepciones o aceptaciones, en este maremágnum que te vuelve la cabeza del revés. Sí: spin, spin, spin the black circle.  

  • La lectora de Bretón

    Es posible que algún turista, en su deambular por la calle Bretón de los Herreros, se detenga ante la figura femenina de bronce patinado ubicada frente al Teatro homónimo y repare en el libro sujetado con las palmas de las manos, sobre las piernas; también en el gesto ausente, distraído, sereno, incluso triste, al que nos aboca la lectura cuando es sugerente, una vez finalizada. Entre la algarabía reinante y la alegría vociferante exhalada desde las terrazas por la marea turística, la lectora de Bretón se erige como testigo silente. No brindará, ocupadas las manos en el pan de vida.

  • Planos de realidad

    Ya no eres un niño y sabes que cuando cierres los ojos la realidad no desaparecerá y seguirá ahí cuando los abras. Pero ahora sientes otra clase de miedo, menos específico, más terrible. Abrumado piensas que formas parte de un lienzo, que el edificio será borrado en cualquier momento, como sucederá también con los árboles, con las personas, hasta ser una mancha más de pintura al fondo. Decides convertir la amenaza en una oportunidad y ahí te espera la gloria, amigo: porque morirás para nacer en otro cuadro, en el Blanco sobre blanco de Kazimir Malévich. ¿Qué te parece, eh?

  • Plazas en pandemia

    En la Plaza del Parlamento llama tu atención la plaza desierta. Ves los adoquines, ocultos siempre por las patas de las mesas y sillas. La soledad sonora brama su desamparo y confiere un rostro inédito a un espacio que durante semanas dejará de ser una plaza: el órgano vital de la ciudad por cuya sangre corren las palomas, el paisanaje, los turistas, la vida: la linfa urbana, en definitiva. Haces de la mirada un trávelin, del lamento un monólogo interior, sin audiencia. Presientes un futuro oscurecido; la mano pondera el grosor de la Muralla del Revellín. Temes que sea insuficiente.

  • El pasado porvenir

    A la sombra de la torre de la Concatedral trasiegas una Alhambra tostada. La mirada desliza sobre la piedra: las ocho y ocho y holla las palabras en las crónicas de Antunes. Las mejores son las dedicadas a los amigos, como Cardoso Pires. Me haces mucha falta. El luso se pregunta una y otra vez sobre su escritura, sin encontrar respuestas. Crees que el día que las encuentre, Antunes dejará de escribir o estará muerto. Te saca de la lectura la voz de un hombre. Menta la Posada de las Ánimas, la cafetería Bahía: recuerdos inmuebles hoy sustento del olvido.

  • Una invitación a la lectura de William Shakespeare

    Antes de llegar a la Plaza del Mercado, ahora Rastro dominical, deambulas por la calle Herrerías, reparas en las ménsulas de la fachada en la abandonada casa de Maximino Hijón, en las cabezas de león de la puerta, mientras piensas en la historia almacenada ahí detrás, pero superas el silente Orfeón, y frente a la persiana bajada, reina ahora el silencio, no el entrechocar de vidrios, ni las alegres canciones, tampoco las bravatas del disparatado y orondo borrachín alzando el vaso. Tan solo el olor acre de la fiesta. Sabes que todo es una invitación a la lectura de Shakespeare.   

  • En mis herrores mando yo

    Ge ge ge ge o je je je je. Me río como me sale de las consonantes. Degen ya de tocarme los cojones con el lenguaje, con el enjuague vocal, con la cárcel gramática y la celada de las normas escritas. Y degen de aparcar delante de la puerta que no puedo salir y en el domicilio me consumo y me arresto domiciliario. Degen en paz a los demás y los demenos. Dégenme con mis tildes mis acentos mis erratas. Me degen confundir bes y uvres que me amamanten. Degen de darme el coñazo con las adversativas. ¡Prefiero las copulaciones!

  • Pesos y contrastes

    El corazón impreso en la crema del café, luego el regusto amargo en el paladar. Los sacos de arpillera en aparente equilibro. Fiel a la balanza y a los retruécanos buscas el fulcro, el punto de apoyo que te saque de la cafetería medio desierta, para recibir el bofetón del sol inclemente, el espejismo del asfalto, el latigazo de los aires acondicionados de los supermercados, la decibélica música de las tiendas de ropa, hasta llegar al oasis del parque del Carmen y su bóveda vegetal. Buscas un resquicio de banco inmaculado de palominas hasta perderte en la vertical del tronco.

  • Las despariciones

    No solo las plantas carnívoras hacen desaparecer la materia; pensemos en hormigas, moscas, arañas… también entre las líneas del periódico local gratuito que ahora hojeas, compruebas cómo muchas palabras están mutiladas. De sobra sabes que si quieres fijar la atención ajena en un texto has de tacharlo, ocultarlo, desaparecerlo. Eso explicaría la agudeza del pergeñador del texto en su férrea determinación de ocultamiento, diseminada por el periódico. Incluso de elevar su práctica y magisterio a rango de titular, mostrando una confianza ciega en sí mismo. Capaz de plantar en un titular la palabra desaparecidas. Desaparecidas no, sino desparecidas. Un genio.

  • El cielo en construcción

    Sabes quién hizo el cielo y la tierra. Pero luego hubo que edificarlo. Al alzar la mirada verás en el cielo en ruinas alguna promoción en marcha, porque el cielo no deja de expandirse y crecer hacia los confines. Las grúas juguetonas arañan la panza de burro celestial. Eso que se balancea en las alturas y te obliga a ir con cuidado buscando la vertical en la fachada de piedra parece una plancha metálica, o también la cama de un faquir. Sabes cuánta tierra necesita un hombre porque has leído a Tolstói. Respecto a cuánto cielo necesita, no sabrías precisarlo.

  • Las (no) desapariciones

    Míralas bien ahora que están de una pieza, antes de convertirse en otra cosa: en amasijo de hierros, en cuadro demediado, en algo irreconocible sin manillar ni ruedas, sin la firmeza del sillín. Mírate una vez más en el espejito y ofrece una despedida, porque nada podrán hacer por ellas los candados, las distraídas miradas de los viandantes cuando salgas del Bodegón y te golpee la ausencia, el vacío inerte. Entonces la mirada perdida, el porqué extraviado en la garganta, temeroso de salir. Míralas bien porque como en el juego del trilero, ahora las ves y luego no las verás.

  • La nulidad del viento

    El oído en la piedra no te trae la música de las esferas sino el sonido granítico del silencio. Tomas asiento para sentir el precario equilibrio en las nalgas, hasta que luego, de pie, tratas de emular a Perurena. Lo das por imposible cuando la espalda te suplica que cejes. Quizás sea una rayuela, oirías si atendieses al niño que llevas dentro. Podrás alcanzar la segunda bola, te preguntas cuando inicias el salto y caes desmadejado sobre el asfalto. Una señora con bastón te lo clava en las costillas y presiona con saña. Me confunde con una paloma torcaz, piensas.

  • Cresta Mugalari

    Recorriste la cresta sentado, agarrotado ante la visión de sendas paredes verticales, a los flancos, bajo tus posaderas. Hubo quien incluso sintió paralizadas las extremidades, el rostro blanco, el vértigo (hijo bastardo del miedo) haciendo de las suyas. Ahora, en la distancia, parece más ancha la cresta Mugalari. El León Dormido presenta otro aspecto, menos fiero, más amable. Ni rastro de los buitres, ni siquiera sopla el viento. El movimiento, donde estás situado, lo ofrecen las familias con hijos que hacen cumbre, toman fotos y descienden. Carga las pilas. Respira. El lunes volverás a ser un hámster en la rueda.

  • Beriain

    No parten diez argonautas del mar de niebla, sino diez excursionistas hacia Beriain. Ascensión o calvario. ¡Anda!, Andoni ya baja como Pedro por su casa y saluda. Búscame en internet, dirá. Arriba el horizonte se alimenta a sí mismo. Parada en la ermita de San Donato. Pero ni oráis ni yantáis. Sobre vuestras cabezas, buitres y parapentes compartiendo el mismo aire. Se suceden los portillos en el barco de piedra, rumbo hacia la proa. Luego, la bajada pronunciada. ¡Dame pista (forestal) que voy! ¿Quién va en busca del tiempo recolectando berros, lo pierde? No. Llegamos a Unanua. Empacho de vocales.

  • Etxebarri

    Avanza la cuadrilla multicolor en su vaivén. De la cima a la sima por los montes de Etxebarri. Verás penachos de roca con forma de colgajos fálicos. Recorrerás la brecha del tamaño de dos brazos, donde se filtrará la luz del esforzado sol. Aceptarás los juegos que la naturaleza te ofrezca: la pequeña abertura apenas visible entre bojs; como en el tragantúa serás defecado al otro lado, en un claro. Sortearás túneles de piedra y sendas escarpadas. Encontrarás abrigo en el sereno tronco del roble. Luego Etxebarri, después Larrión. Lo compartido bien sabe. ¡Qué rulen las palabras y los bizcochos!

  • Izki

    Escupe agua sobre las fronteras: Álava, Navarra, La Rioja. ¿Qué saben los árboles de estos lindes administrativos? Ves los mojones de piedra en los bosques. Beben los robles, las hayas, los acebos, los castaños, en su ofrenda de castañas, las yeguas en los caminos. Recorres la cumbre. Hasta el cielo te conducen los pies, y también el bizcocho, el membrillo, el orujo de maguillas. Pronto caerá la tarde. Verás cómo rebotan los años rejuvenecidos en el frontón. Ahora en el vaivén del columpio y el suave trote del caballito. Sientes la fluidez en el tobogán, la inercia de la alegría.

  • Toloño

    No regresarás por los madroños, las manzanas del camino, las maguillas, los impasibles caballos percherones, los halcones en su bucle, el camino que trazan las senderuelas; tampoco por el banco de nubes, la bruma inconstante, los espinos en los tobillos, la concertina vegetal de las zarzamoras, la luz haciéndose un hueco entre las ramas de las hayas o el terreno velado alfombrado de hojas, ni incluso por las increíbles vistas en el Toloño, en Peña Colorada, en el Portillo Salsipuedes. No. Volverás por la animada conversación, las impetuosas risas, el almuerzo al socayo. Volverás por el grupo. Y así  reincidirás.

  • Untzillaitz

    Envidias el fluido volar de los buitres, la ligereza de las cabras montesas en la cima, a las jóvenes amazonas vascas que te rebasan; mientras tú con tus pesados pies y el corazón tan acelerado, camino de la cumbre. Lo logras. Abajo Durango, el mar al fondo. Pero el viento, la posible lluvia, la concurrencia; todo anima al descenso. ¿Ves el hilo de tierra pegado a la roca? El magro camino que te abocará luego al bosque. Manzanas, nueces, castañas entre la tierra húmeda.  Observas cómo en la tapia sin tierra brotan las margaritas. Siempre logra abrirse paso la vida.

  • Quimboa Alta

    Nada que ver con la sensualidad que rezuman los bikini bridge, pero después de la ascensión, bien ventilado tras atravesar el collado, habiendo dejado de lado el vivac y pisando lascas de piedra, lejos ya del cascabeleo de los cencerros y cada vez más cerca de un cielo despejado y elástico, ya en la cumbre, es menester sacar el móvil y ejecutar un sándwich leg. Al frente los picos graníticos recortándose en el horizonte, buscando (como a Willy) el ibón de Acherito, reflejo de agua en lontananza que no atiende a un espejismo, a pesar del esfuerzo y la fatiga.

  • Sierra de Árcena

    Enseñoreado el otoño en los caminos velados de hojas, en la algarabía de colores de un pintor de la naturaleza, febril. Al caminar absorbes la humedad mientras asciendes hacia la cresta gris al fondo. El corazón desquiciado, el sudor empapando la camiseta. En la cima te rodean los valles, el curso del río Ebro, la central nuclear, los colores singularizando cada árbol. Arrecia el viento haciéndose notar en su invisibilidad. La magnífica vista, el horizonte casi infinito es la justa recompensa al esfuerzo. Abajo la sima hacia la que te encaminas. Contemplas la lluvia en el interior de un castaño.

  • Restauración

    No necesitas saber lo que ha hecho para estar castigada, mirando a la pared, y de espaldas a los transeúntes que la fotografían según avanzan. Su medio es el aire. Su miedo, el metal que le da forma, inservible ahora toda su arrogancia punk. ¿Y si la intervención artística consistiera en mudar el hierro en papel, y el asidero fuera la cuerda que cortarías al instante para restaurarla al aire? Te cuenta un vecino que los pájaros necesitan tierra firme, que no pueden vivir indefinidamente suspendidos. Esperas que un golpe de viento cambie al menos la dirección de la abubilla.

  • El despertar de los aperos

    Te relajas cuando te enteran de que lo que ves es una intervención artística. No ves sangre en los filos de las hojas y lo das por bueno. El artista habla de un monte calvario. Las herramientas las proporcionan los lugareños. De las casas de aperos pasan hoy al campo abierto. Vuelven al origen. Los espectadores asienten y dan por válidas las palabras del artista. Hoy la palabra estrella es diálogo, sin embargo, la realidad ensimismada, los rostros embebidos en las pantallas, lo desdicen. Ciertamente escuchas el silencio, pisas la tierra y la hierba, pero regresas al pueblo, a reventar.                                                  

  • Con(sumo) mimo

    Quizás las hojas levantiscas no quieran estar más tapiadas y busquen la libertad, hasta ser cazadas al vuelo y como mariposas fijadas en la madera. Lo mismo haces con tus pensamientos: los fijas en el muro de la memoria para proceder a su estudio. Desconoces cuánto tiempo serán capaces de resistir las hojas en su cautiverio. Si un golpe de viento o bien una mano furtiva les devolverá la libertad. Porque los libros, ¿no son también una cárcel para las palabras?, víctimas del empeño humano por hacer sólido lo efímero. Como dejaste las gafas en casa mantienes prudente la distancia.

  • Ladrillos de celulosa

    Tapiar una casa con libros en lugar de ladrillos. Abajo las enciclopedias: otro saber clausurado. El finiquito de lo analógico en manos de lo digital. De Salvat o Larousse a Wikipedia. Hacíamos los trabajos escolares copiando de las en-ciclope-dias. Hoy el cíclope es el Gran Hermano. Dice la artista malagueña que durante la guerra civil hubo barricadas con libros, a modo de parapeto. Piensas un segundo en morir, leyendo, no matando; con un libro en las manos. Libro que no detendrá las balas, tampoco redimirá la injusticia poética de toda muerte. Contesta: ¿Qué libro te acompañaría al más allá/más abajo?

  • Cuaderno alentejano. Uno

    Si el Dorado atrajo a los belicosos y rapiñadores conquistadores españoles por su irresistible fulgor amarillo, el oro blanco lo hará por su blancor cegador: disparo de nieve que te fulminará cuando al mediodía pasees por Vila Viçosa y  veas cómo resplandece el mármol en cada fachada, dintel, ventana e incluso colosal cenicero. En Estremoz viste el sarpullido de lápidas marmóreas en el cementerio. Detrás, terrones del mármol eviscerado de la tierra y parido en su tegumento ocre. Si un golpe de calor te hiciera ahora morder el polvo, el bordillo de mármol te haría de almohada. ¿Hace una cabezada? 

  • Cuaderno alentejano. Dos

    El resultado de las fotos es lo menos importante. En las fotografías apareces de medio cuerpo, cegado por el sol o a oscuras. Los más atrevidos te piden confirmación a su acción. Tu siempre contestas lo mismo: Muy bien, gracias. No hay que corregir al fotógrafo, remedar la naturaleza artística, la predisposición humana. Una vez, un actor (Jack de Perdidos), se negó a echarse una foto contigo en Roma. Y en Sintra, en un palacio de cuento, pediste una foto a un fulano que llevaba una réflex con objetivo y recibiste un rotundo no. Te sentiste más perdido que Jack.

  • Cuaderno alentejano. Tres

    En la piscina del hotel lees a Quignard. En Morir de pensar escribe:

    La lectura nace de la desintegración de uno mismo en el interior de otro. Hay primero una desintegración difícil (hay que «entrar» en la novela) seguida de una fusión maravillosa en la lectura (ya no es posible dejarla). Pero la concentración, en la piscina, es una quimera, pendiente como andas por no ser picado por las abejas, asaeteado por las conversaciones ajenas, en portugués, inglés y alemán. No hay por tanto desintegración ni fusión, ni lo que es aún peor: plena sumisión a la férrea curiosidad lectora.

  • Cuaderno alentejano. Cinco

    Piensas que incurres en la redundancia al gritar ¡córcholis!, pero la mercancía no es para menos, y bien que se merece una exclamación, contenida, sí, pues bien que hubieras podido clamar ¡coño! y quedarte más ancho que largo. La corteza de la encina a tu derecha, sobre la acera. Ves cómo la imaginación y la destreza humana le sacan buen provecho a la corteza (pensar es también descortezar) en forma de: bolsos, zapatos, sandalias, monederos, gorras, posavasos, bolsas, dosificadores, sombreros. Nueve respuestas acertadas, a cincuenta céntimos cada una, dan un total de cuatro euros cincuenta. Te alcanza para una bifana.

  • Cuaderno alentejano. Cuatro

    Visitas Évora. Recorres el perímetro del Templo romano de Augusto, aunque todos digan “de Diana”. Observas en pie unas pocas columnas: catorce. Las ruinas son el autocompletar de la imaginación, piensas. Lo llamativo del templo es el mármol de Estremoz en los capiteles. En la misma plaza del templo se celebra la Feria del Libro. Compras uno de Afonso Cruz en portugués e inglés. Por título Évora. En la cubierta el templo romano. Lo lees a la noche después de haberte pateado Évora a cuarenta grados, en mayo. De la lectura extraes un único deseo: degustar la sopa de beldroegas.

  • El silencio del arquero

    Lo que parecía un cuerno en la distancia, resultó ser un arco y un arquero sembrado en la tierra, con la mirada vacía pero fija ¿hacia dónde? No te sorprende la ausencia de aljaba, cuerda y flecha; acaso ya salió disparada. ¿Hablamos de un desangelado Cupido soterrado? Lo dudas y fantaseas con un viaje en el tiempo, una fisura temporal, un ser mitológico, un ingenuo deportista de élite que buscando el dorado del medallero tuvo la peregrina idea de querer participar en los Juegos Olímpicos de París y acabó varado entre flores y arbustos en un coqueto parque de Montauban. 

  • Lo que el puente sí ve

    Salen al paso aforismos de este pelo “les gros cochons font de bonnes charcuteries”; también la puerta de una casa con ventana en su cara y que oficia como mini librería. Degustas los canelés bien provistos de ron, mientras la mirada oscila entre la piedra blanca o negra, según los barrios, o incluso en dos edificios anejos; y los ojos a las vías para no morir arrollado por un tranvía moderno o un patinador. Descansas en el puente de piedra de diecisiete ojos (acorde a la ambición nominal del Emperador). Entretenidos estos con los ires y venires de las embarcaciones.

  • La pequeña París

    Caes rendido ante Burdeos y su belleza exuberante, explícita en los edificios señoriales. Borrados casi todos los rastros medievales y edificada una nueva ciudad con mano de obra esclava extraída de las colonias; ciudad que nunca fue suya. Caminas por la Plaza de la Bolsa, frente al río Garona, cuya anchura de cauce lo iguala con el mar. En invierno, sin la lámina de agua, el cielo no se envanecerá ante el espejo. En la Place de la Comédie, imaginas hoy los faetones portando mujeres engalanadas a sus citas, cruzando a pie desde el Grand Hotel, hasta la Ópera, enfrente.

  • Me pareció ver un lindo castillo

    La mirada va dirigida a lo alto, hacia el Castillo de Belcastel, construido hace más de mil años y en ruinas hasta 1973. Lo visitas y alabas la magnífica reconstrucción llevada a cabo por Fernand Pouillon, ¡en tan solo ocho años! El castillo es hoy una residencia particular visitable, con galerías de arte y un bestiario con monstruos articulados. Es la primera vez que cruzas un foso con agua, alegre como un niño. Piensas en el castillo de Clavijo, monumento histórico y ruina consolidada, pasto del olvido y del abandono, que ofrece eso sí unas inmejorables vistas desde su atalaya.

  • El equilibrio es imposible

    ¿Mejor ir a la oficina de turismo, recibir un mapa e instrucciones y luego visitar el pueblo de número en número como en el juego de la oca; o bien olvidarse de la oficina, del mapa, de los números, y deambular como vaca sin cencerro mirando todo sin entender la materia inaprehensible que encierran las cosas en su pasado, apenas un ligero contraste, idéntico calor, las mismas cuestas, el escaso frescor en los lugares de culto, las lucecitas de la buena esperanza de las notificaciones y sus reclamos? ¿Pero cómo se pudo construir ahí burlando de tal manera la gravedad?

  • Singladuras por la ciudad líquida I

    Imposible reconocer la Iglesia de San Geremia por la fachada, ahora oculta, tampoco por la cruz en la linterna sobre la cúpula. Sabrás que dentro están las reliquias de Santa Lucía porque un turista español lo dice a viva voz a su pareja. No te vendría mal algo más de vista, piensas, víctima de la presbicia. Pero el cartelón sí lo ves. La publicidad financia hoy las obras de restauración de las innumerables iglesias. Ayer era un cartelón de Cartier en la Basílica de Santa Maria della Salute. ¿ La sobriedad interior del templo sagrado desdecirá la lujosa ropa del exterior?

  • Singladuras por la ciudad líquida II

    Has decidido tomarte este viaje como un juego y el laberinto que es la ciudad, o quizás el destino, te ha traído a esta calle, o callejón. Una calle desierta en una ciudad siempre abarrotada ha de significar algo. Ahora necesitas un pin. No hay otra manera de avanzar por el callejón si te empecinas en seguir, pero fuertes brazos de aire te impiden avanzar. Ves cuatro números en la pared. Los pronuncias en voz alta. ¡Agua! Demasiado obvio. Experimentas un rapto de lucidez y gritas ocho, ocho, ocho, ocho. El aire cesa al instante. La ciudad infinita te aspira.

  • Singladuras por la ciudad líquida III

    Cees Nooteboom recomienda perderse en la ciudad, recorrer las calles sin el auxilio de un mapa, convertir el paseo en deambuleo, sin prisas y con pausas constantes. Concédete pues un momento, cierra los ojos y escucha. El báratro sonoro no será el ruido de los motores de los coches o motos, sino el chapoteo del agua contra la piedra en los canales, las cañerías de un opresivo retrete inundado, así Venecia según Bassani. Olvídate de las guías turísticas, los mapas, los móviles, el GPS y dime, ¿para que los necesitas cuando todos los caminos conducen a la Plaza San Marcos?

  • Singladuras por la ciudad líquida IV

    ¿Y si es un callejón sin salida? ¿Y si al final hay un muro que no puedes rebasar y debes desandar tus pasos? ¿Y si la calle muere en la laguna y seguir caminando te convertiría en un ser abisal? ¿Y si preguntas a alguien si la calle de la vida conduce a algún lado? ¿Y si nadie entiende tu italiano macarrónico y entiendes lo que no es? ¿Y por qué está escrito en castellano y no en italiano? ¿Y si tú que estas ahora nel mezzo del cammin di tua vita, equivocas el infierno por el paraíso? ¿Entonces, qué?

  • Singladuras por la ciudad líquida V

    Cuando te regalaron una cámara digital, el primer día que hubo tormenta te asomaste al balcón y tardaste más de una hora en inmortalizar un rayo. De la misma manera que sentiste la desilusión al enterarte de que los padres eran los Reyes Magos, así te sentiste cuando viste el haz luminoso en la pantalla. Demasiado fácil pensaste. Regresaste a lo analógico. La cámara pesa y te hace sufrir de la espalda. Has quitado la tapa de la lente, tienes la cámara en las manos y un presentimiento. Enfocas y disparas. Miras en la pantalla el gondolero, ahora inmortal.

  • ¿Qué nos dirían las gargantas?

    ¿Recuerdas cuando fumar era glamuroso y también bueno para ti? Te lo recuerda el texto a la derecha del rostro sonriente de la actriz Lucy Bell. La gente entra en el estanco, hace oídos sordos y también la vista ciega a los carteles explícitos. No solo al Fumar mata, también a las imágenes con órganos necrosados, cicatrices o personas hospitalizadas. Saben que van a morir, como el resto. No saben cuándo. Los no fumadores como tú, tampoco. Pero una cosa está clara: son personas generosas que soportan las arcas públicas del Estado, que antes de matarlos los desangrará a impuestos.

  • La línea del horizonte

    Es el momento previo a cuando ya no se distingue el lobo del can, ni un hilo blanco de otro negro, afirma, a tu lado, el hombre que aparece entre las sombras, haciendo gala de su saber. El lubricán, concluye. Asistes a un espectáculo efímero, natural, siempre distinto. Los minutos pasarán, oscurecerán el cielo y solo restarás tú, la farola encendida y una legión de mosquitos zumbando alrededor. Antes, celebrarás la tan cacareada luz del sur, aquí y ahora, en Isla Cristina. Prefieres el mar a los esteros. Te recreas en los estertores del día que languidece. Respiras el crepúsculo.

  • El desdicho refugio climático

    ¿Y si te acoges a sagrado? te preguntas, azuzado por la calorina que hace fuera, y derrite los sillares de piedra del casco antiguo cacereño. Pagas la entrada, pegas el audioguía a la oreja, constatas por primera vez en toda tu vida que estás sudando dentro de una iglesia. Pruebas en las capillas con el mismo resultado. A calzón quitado asciendes al campanario. Recibes una bofetada de calor. Nunca has tenido una campana tan a mano. Ardes en deseos (será por el calor) de hacerla tañer. Quieres sentir el badajo entre las manos. Hacer mucho ruido, manifestar tu creciente malestar.

  • Ola (y adiós)de calor

    La plaza desierta, el cielo gris, el viento frío. ¿Regresas al tiempo de la pandemia? No, pero nada te invita a pensar que hoy es doce de julio, mediodía, que estás en Sevilla. La torre, al fondo, es la Giralda. Una amiga te lleva y trae por las calles y plazas que recorres al galope. Empatizas con los equinos, velada la mirada por las anteojeras. Igual tú, viéndolo todo sin ver nada, echando fotos sobre la marcha, como si viajaras en un tren de alta velocidad. ¿Qué tiene Sevilla que enamora? Palpas tu cuerpo buscando la marca inequívoca del flechazo.

  • La comunidad vegetal

    No deja de maravillarte cómo el viento, tan incorpóreo, es capaz de hacer tamaños destrozos. Así ves los árboles arrancados de raíz, el cepellón al aire, o golpeados, como un púgil poco diestro que antes de ir a besar la lona buscase el reparador abrazo y lo encontrase, en un esmerado ejercicio de geometría arbórea. Es posible que en el siguiente halón de Eolo los tres árboles besen finalmente la lona: el tupido manto de hojas caducifolias. O bien logren resistir a pie firme, como ese acebo minúsculo al que has visto desafiar las pisadas, plantado en medio del camino. 

  • Fachada: del it. facciata, y este der. de faccia ‘cara’.

    No la mandorla con querubines, ni el poderoso puño de hierro, sí la delicada hoja de parra en precario equilibrio. También la fina aldaba silenciosa en una invitación a no llamar, a contemplar la fachada en la prudente distancia. Ves los bancales de ladrillo, la naturaleza reptando por la pared sin encontrar el auxilio de la ventana. Incluso el número resulta una víctima más del tiempo que no deja nada inmaculado en su poso de herrumbre. Crees que vences el tiempo con una foto porque atrapas el momento. Será una más de las miles de fotos arrumbadas en el móvil. 

  • Oxímoron

    Dudas de la dulzura de la cuesta mientras haces la digestión, caminando por uno de los pueblos más bonitos de España, según el cartel; aunque las urbanizaciones abandonadas a la entrada del pueblo desmerezcan el bello conjunto monumental integrado por casas solariegas y blasonadas. Zarandeado por el viento decides no asomarte demasiado en el muro de piedra de los restos del castillo, desde donde observas la Sierra de Cantabria, al Ebro moroso, desdeñando la prisa en el meandro. Antes estuviste en Cenicero. Visitaste una bodega gigantesca. En tu mente proyectas el título de una película: Lo que el barranco esconde.

  • Mugir es cuestión de método

    Sabías de la existencia de toros enamorados de la luna, pero no de vacas enamoradas de la niebla, como la que te mira estática en la distancia. Hablas de amor, pero ¿y si fuese también una víctima de la adversa climatología? Ajustas las gafas y tratas de dictaminar si es bizca, zurda, gacha, estorneja… Una cuestión de cuernos que te resulta irresoluble, porque cuando vuelves a mirar ya ha desaparecido entre el velo de niebla. Ves jirones de montaña, el camino recortado, el lánguido sol tratando de hacerse un hueco entre tan nube. ¿Llegarás al coche antes de la anochecida?

  • ¡Apunten, disparen, fuego!

    Es tiempo de berrea y aunque la niebla no te permite ver ningún ejemplar, escuchas el sonido del deseo y la promesa de la cópula. Son mensajes lanzados de valle a valle, de montaña a montaña. Ruido de fondo al que no consigues poner rostro, ni cuernos. Dice tu amigo que es cuestión de esperar. Procedería entonces hablar de El desierto de los tártaros, pero callas. Baja la temperatura, oscurece y camino del coche algo se mueve rápido en la distancia. Es una hembra. Apuntas y disparas. No muere; vivirá para siempre en la fotografía que tú estás viendo ahora.

  • El sur también existe

    Después de tres manzanillas, a palo seco, con la mente enlodada, como un río tras las lluvias, sabes que te urge comer algo. Es pronto y no tienes que hacer cola en la Casa más laureada. La carta es interminable y cada día retienes menos. Ordenas ortiguillas, cazón en adobo, tortilla de camarones, salpicón de marisco, salmorejo. No busquen aquí originalidad. Lo comes todo sin disfrutarlo, porque un ejército de mosquitos ha decidido convertirte en donante, en contra de tu voluntad. La misma que te hará levantarte airado, dejar el billete de cincuenta y la implícita propina. Salir cagando leches.

  • Y la playa llora y llora

    Te acuerdas de unas vacaciones hace una década en Llanes. Amaneció lloviendo y anocheció lloviendo durante más de una semana. Después de desayunar salías al patio interior, mirabas el cielo gris y regresabas dentro a jugar al UNO con las crías, a escuchar música, a poner a punto los paraguas. Una mañana, el vecino de enfrente, al verse saludado con cierta desesperanza tuya, te dijo que el verde no surgía de la nada. Era fruto de la mucha agua. Piensas hoy en ese día caminando por los acantilados en Tagle, frente a la playa, antes de darte, alborozado, un chapuzón.

  • Nostalgia del absoluto

    A finales de agosto, en la playa Area da Vila de Camariñas, bajo la sombrilla, a resguardo de un cielo esclarecido, escuchando vehículos y voces en sordina, los niños ajenos afanados en su quehacer de castillos de arena, la mirada distraída triangulando entre apacibles veleros anclados a tiro de piedra, los pies ocultos bajo la arena, leyendo Melancolía de Péter Nádas y vencido por el sueño y entonces cabeceando a las seis de la tarde, mientras soplaba una brisa fresca, y un perro corría en pos del palo hasta la orilla, despreocupado de las servidumbres del presente, te sentiste feliz.

  • Ser montaña

    Rostros humanos o montañas graníticas en los que recorrer los cordales, las líneas de desnivel en la frente y mejillas. Observa las aristas, las eras geológicas de los sucesivos estados vitales. Ahí está la herencia que nos dejan los mayores. Concéntrate en el gesto cansado y sobrio de la edad más allá de la edad; en los ojos fijos de la etiqueta en la botella de vino. No un vino gran reserva, sino un vino joven. Berganzo, donde bullen las cascadas, el agua impetuosa, el hontanar de la esperanza, lo salvaje, ajeno a las heredades, a las denominaciones de origen.

  • Atención, amigo conductor

    Recibes una foto de un amigo delante del cartel de un pueblo con su apellido. Replicas con una de Ocio y añades que te ves ahí disfrutando de la jubilación. Fantaseas en veranear en Cariño, en recorrer todas las calles de Libros y en pernoctar en la ciudad dormitorio de Camas, agotado después de recorrer Sevilla. Disfrutas con la paradoja de Casasola saludando a los vecinos. Tu desmemoria te hizo olvidarte de Funes y cuando llegas a Adiós sientes ir a contracorriente. Giras la curva y ¡Zas! Te escurrirás del texto cuando dando un volantazo decidas tomar las de Villadiego.

  • Corconte

    La mano borra y empapa el vapor de agua del cristal, la pupila desvelada registra entonces formas, volúmenes, otros vapores en vacas, caballos, caligrafía cuadrípeda; campanas en espadañas que ya no tocan a muerto, el verdor feraz, promiscuo, menudea y da a morir en el regazo limoso del pantano; allende la geometría horizontal de ojos pétreos casi ocultos, en luna menguante, pantalanes huérfanos de embarcaciones, árboles solitarios en islas flotantes, esputos de un cielo ceniciento, salivante. Y ahí está: el balneario siniestro, fantasmal, antediluviano, arropado en su aliento nebuloso, junto a la fábrica de aguas, la temperatura desplomándose. Siete grados.

  • El teatro de los sueños

    Los pasos te arrastran por la ciudad, sin retener el nombre de las calles ni las plazas, bajo el ceniciento cielo. Parece que alguien tirase de ti, pero no sabes hacia dónde. En la parada esperas sudoroso el tranvía que no acaba de llegar. Quieres ver la masa de agua mansa que se desliza bajo el puente. Tranquilo observas el Nervión y sigues tu camino, ajeno a la ciudad que tanto te desconoce. Has oído hablar del Teatro de los sueños. Ahora, con el estadio a un lado y el mural al otro, bostezas alimentando un cansancio infinito e irresoluble.

  • Las raíces del mar

    No es necesario ir al Monte Saint-Michel para ver cómo desaparecerá bajo tus pies, al subir la marea, el camino que te conduce hasta la Isla de San Nicolás. Ve con cuidado de no resbalar porque la piedra está húmeda, comida por el verdín. Envidias a quien a mediados de octubre todavía se da baños de mar. Observas el puerto, las casas bajo la figura imponente de la Basílica de Santa María. Vuelves la mirada al mar, al vuelo de las gaviotas. Siempre te has preguntado si el mar tiene raíces. Encuentras la respuesta en la arena prieta que pisas.

  • ¿Fiesta?

    No es la inteligencia artificial algorítmica la que te hace escuchar Vivo en un país cuya revolución es hacer botellón y dejar sucio el parque… al tiempo que caminas por las inmediaciones de Nestares, sino la mera casualidad, para toparte con las consecuencias de lo que hoy, en todos los lugares, se considera Fiesta: vidrios rotos, latas, bolsas de plástico que acabarán en el río, alcohol derramado; bajo un quiosco de música estridente y noctámbula. Piensas en el ensayo del poeta filósofo o viceversa, Luis Alfonso Iglesias, El país era una fiesta. Ese sí, un límpido fiestón de la inteligencia.

  • La velocidad

    Vas buscando una alternativa a la carretera, por eso te encuentras ahora en un camino alfombrado. Pedaleas con mucho cuidado de no romper el cambio en los surcos. Al frente ves el peñasco, encaramadas en el mismo las ruinas del Castillo de Clavijo. En el pueblo sopla un viento fresco e incómodo. Repones fuerzas en el desértico centro social. Al regresar, el paisaje se torna infinito. Logroño desparramado en su totalidad practicando la horizontal. Detrás la Sierra de Cantabria, el León Dormido, la Sierra de Codés. Sientes la velocidad; los coches pegados al culo. Van buscando una recta para rebasarte.

  • La voz de las piedras

    Caminas bajo la lluvia por la villa de las tres mentiras entre calles pobladas de turistas. A resguardo, ya en la colegiata, recorres el claustro; en los capiteles hablan las piedras: degollaciones, leones desquijados, milagros, apóstoles. La pugna entre el bien y el mal, aquí, ¿entre el ayuno y la gula? Postrado frente al bello retablo avanzas luego hacia el órgano. El acceso está vetado para ti. La gula no vence al ayuno, el mal no vence al bien. No te relamerás fuera. Ni el vasuco de leche fresca en la mano, ni las migas del bizcocho en la camiseta.

  • Let me in

    Impregnado por el verde frescor en Ribavellosa, de paseo bajo la salutífera sombra de hayedos, encinas, robles, castaños y tilos inmortales, y luego en cuclillas en el escrutinio de las deposiciones ¿zorro o garduña?, caminas ahora por Torrecilla; paridora de Práxedes Sagasta. Vas sin rumbo fijo: rayuela de terrazas hasta dar con un inmueble que te atrapa. Alzas el cuello y aplaudes ante la espigada casa Solé. Palpas los sillares propios de un castillo, buscas el sol en el reloj, el traqueteo en las repisas ventaneras. El eco de La persistencia de la memoria en las ventanas. Let me in.

  • Urdimbre

    Después de cruzar por un paso a nivel, comentas en un tuit que te vienen en mientes las Andanzas del impresor Zollinger. Resonancias: te gustaría tener el aplomo de Walser, aquella cachaza. Sin estar el suelo nevado, su imagen yaciendo en el blanco lienzo no se te va de la cabeza. A resultas del tuit, un amigo te dice que sufres El Mal de Montano. Estar enfermo de literatura te parece, puestos a enfermar, una de las mejores enfermedades que podamos arrostrar. Un pensamiento se abre paso: no has leído el libro de Vila-Matas con ese título. Otra tarea pendiente.

  • Costa blanca de bruma

    Surge la niebla del velero o el velero de la niebla, piensas. Un velero casi invisible si no fuera por el mástil, desvelado por la atenta mirada. El horizonte ha devenido un lienzo en donde pugnan los blancos y los grises; oculto el cielo. Piensas en Costa a la luz de la luna. Pero aquí no hay una hoguera, ni destellos, ni luz, ni asomo de vida: solo un blanco que no ciega, para una bruma que no cala, y en un horizonte apagado y sin perfiles. Parpadeas y el velero ya no está: ¿banco de niebla o agujero negro?

  • Casa okupada

    Que no había que poner puertas al campo, pero tú ni puñetero caso. Ahí está ahora el umbral que franqueas, la verja sin engrasar y chirriante. Hay una advertencia en el lamento que desatiendes; tú siempre erre que erre. Apartas las ramas de los ojos, las ortigas de los brazos, en esta casa ahora okupada, donde la naturaleza fue recuperando lo que era suyo. Sigues avanzando hasta que desapareces entre lo verde y es entonces cuando súbitamente espabilas, luchas, pataleas hasta ser escupido sobre el asfalto que nunca debiste haber abandonado. Anda, cierra la puerta, pon el candado y márchate.

  • Marcapáginas

    A la velocidad del rayo surca el avión el tramo de cielo sobre tu cabeza. Visto desde la orilla, arriba la barbilla. Al frente, el mar y el cielo confunden el horizonte como en un cuadro de Rothko. La tercera horizontal sería la arena negra. A medida que te internas, el oleaje te zarandea y cuando divisas una ola que viene hacia ti, en su seno de espuma te sumerge, estirado en el agua como una tabla de surf, arrastrado hasta la orilla, embadurnado de algas te incorporas. Una semana después extraerás con un bastoncillo arena negra de ambos oídos. 

  • Dios no juega a los dados, juega al Tetris

    Que Dios no juega a los dados lo sabemos gracias a Einstein, pero que juega al Tetris es algo más desconocido, y que tiene la naturaleza, te atreverías a decir, de un secreto. Sucedió que estando en una playa de Gran Canaria, al salir de la mar, embravecida y erizada por olas muy surferas, te percataste de que lo que tenías frente a ti no era un edificio maleducado, a espaldas del mundo, sino la obra del Hacedor, que ese día, en vez de manos tuvo manoplas, y que aburrido dejó la partida, afortunadamente, sin resolución. Y a Dios gracias.

  • Calima II

    El aliento cálido de la tierra inerte no desincentivará el paseo alrededor de la urbanización. En el alcor, frente al pareado, mira a su alrededor y se siente un pionero, también un colono. Piensa en los aborígenes, en sus condiciones de vida, en la isla como una cárcel flotante. Deja el pesado pasado atrás y ahora camina por la avenida hasta su final, bajo la atenta mirada de los invernaderos a su derecha. Quisiera agarrar una de aquellas hojas gigantes, asomadas como brazos pidiendo ayuda. El cielo le devuelve la imagen de un sudario. Regresa a casa. La fresca Ítaca.

  • Calima I

    Dios acaricia los vellones mientras camina perezoso por el mullido terreno. Piensa en una calzada romana en donde la espuma de aire blanco hubiera reemplazado los bloques de piedra. Abajo, los bañistas chapotean en el agua, enmarañados en las olas, puestos a secar bajo el sol que se les hurta. Por eso Dios decide estornudar, desvelar los cielos. Corren los mortales ahora bajo las sombrillas, a aplicarse las cremas solares, a ofrecerse como mártires de la vitamina D, a poner a prueba la melanina en cuerpos mantecosos, prontamente rojizos. Hecha la luz, reinará la alegría de nuevo, el júbilo comunitario.

  • Cuaderno de Praga. Uno

    Ni rastro de Kafka. No está escondido en el goulash que comes con avidez, ocre como un campo de batalla. Tampoco en las galerías comerciales, atestadas de turistas como tú. Vas buscando su estatua, y te despistas en cada calle y plaza. Te pasmas delante de cada escaparate y te cuesta mucho imaginar los tanques, donde ahora circulan los abundantes tranvías, los animosos turistas, la invencible alegría. La revolución de terciopelo es hoy el plumero que acaricia tu rostro. Incluso el pasado parece flotar ahora con un aroma dulzón, a trdelník. Buscarás a Kafka en los libros, no en Praga.

  • Cuaderno de Praga. Dos

    No morirás hoy en Praga con aguacero mientras recorres el cementerio judío erizado de tumbas de piedra, hendiendo la tierra bajo el gigantesco castaño de indias. El pasado son los progromos, las expulsiones, las persecuciones, de siglo en siglo. Hoy lees los nombres de los asesinados antaño en las paredes de la sinagoga. Ves las fotos de los ciudadanos israelíes, las pegatinas pidiendo que vuelvan a casa los secuestrados por Hamas. Lees acerca del dolor ajeno y piensas que los israelíes están tan ocupados con el propio, que el ajeno, el gazatí, aunque de ellos depende, ya poco les importa. 

  • Cuaderno de Praga. Tres

    Al caminar por las calles de Praga no mires los adoquines y alza la mirada. Verás a Freud colgado de una barra en lo alto de un edificio, un joven sobre un muro, una niña entretenida con un avión de papel, y mariposavionetas. Por no hablar de toda la miríada de atalantes, hombres musculosos, mujeres desnudas soportando las cornisas y repisas en un sinfín de bellos edificios. O un poco más abajo un feto instilado en un canalón, manos (Věrni zůstaneme), bustos. Así es el arte escultórico praguense: inesperado, sorprendente, impactante; una voz queda, pero audible si pones el oído.

  • Cuaderno de Praga. Cuatro

    Kafka pidió a su amigo Brod que quemase su obra. No lo hizo. Una feliz desobediencia según Borges. Conociendo a Kafka se entiende que el museo sea una sala pequeña apenas iluminada. Una línea del tiempo (corta) de Kafka, un árbol genealógico, libros, cartas, fotos y poco material más. Kafka hubiera pedido que no le hiciesen un museo, petición innecesaria si Brod hubiese cumplido su palabra. La gente fotografía fuera las esculturas (obra de Černý) de dos hombres meando sobre un charco (Chequia). Kafka es un icono que vende tanto como el Che en su día, pero ¿alguien lo lee? 

  • Cuaderno de Praga. Cinco

    Descansas en los parques. Ves carteles que prohíben fumar hierba y pincharse, entre otras cosas. Experimentas un deja vú, en la galería Lucerna bajo el caballo de Wenceslao, cabeza abajo. Eres testigo de cómo la oscuridad se hace arte en el Teatro Negro. Bastan cien metros para reunir a miles de personas junto a un muro, no al de las lamentaciones, sino al de los recuerdos, Lenon mediante. Muro, palimpsesto, batiburrillo de pintura, palabras y pegatinas, grumo en el que se disuelve el ayer. Al otro lado del muro, en una taza te impacta una frase: Procrastination will kill you.

  • Cuaderno de Praga. Seis

    Construyes la ciudad pieza a pieza, a medida que subes a las distintas torres y cierres el conjunto en la última, en la aireada torre Eiffel de juguete, en el Monte Petřín. Verás condensada Praga en un trávelin panorámico, afincada en la tierra. Disfruta de la ciudad desde el agua, surca las venas de la urbe y sus canales. En los ojos de los puentes pasas a ser una legaña molesta y juguetona. Nos resta el fuego. Comparece con la inmolación del joven Jan Palach, dando comienzo, dos décadas después de su muerte, al final del régimen comunista, el 17.11.1989.

  • Cuaderno de Praga. Siete

    Del no saber te saca Google Lens, cuando en la visita al Palacio Real, en el castillo, al otro lado del río Moldava, veas una construcción cerámica, tipo zigurat. Una calefacción de entonces, verde como la cerveza que te ventilas poco después en el Kafedam. A la noche anhelas darte un paseo por los pasillos de la biblioteca del Clementinum, no tener que conformarte con estirar el cuello desde un balconcillo y apresar tanta belleza en tres fotos en escorzo. Te imaginas ahí abajo, a la pata coja, en el terrazo, brincando de rombo en rombo: una rayuela para adultos.

  • Bajo el sol del Lacio

    Ves dos esculturas de Botero en la Piazza del Popolo. Luego sabrás que son Adán y Eva. No hay aquí rostros níveos y estilizados -aunque gigantescos- como los de las esculturas de Plensa, sino volúmenes contundentes, donde la desnudez de la pareja bíblica cede el protagonismo al volumen broncíneo, a la opulencia, a las curvas, a la felicidad de la abundancia, en suma. Cara a cara es posible que hablen o les sea suficiente con mirarse o con agitar los cortos brazos anhelantes de un abrazo. La distancia elegida por el autor es la necesaria para que entren dos smart.

  • El Coliseo cuadrado

    Un popolo di poeti, di artisti, di eroi, di santi, di pensatori, di scienziati, di navigatori, di trasmigratori. Palabras que el viajero lee en el Palazzo della Civiltà Italiana en el Eur, el conocido como el Coliseo cuadrado. Sorprende ver ahí a los poetas, artistas, pensadores, científicos, migrantes, porque estas son las palabras que el dictador Mussolini vertió en 1935 y que sus acciones desdicieron. Un edificio, ejemplo del modernismo racionalista fascista que domina hoy, inerte en el horizonte, próximo a la Basílica de San Pedro y San Pablo, cuyo interior permanecía vacío a mediodía. Nada que ver con el Panteón.

  • Snuff art

    Caminas por los jardines de Villa Borghese y reparas en una escultura. Piensas entonces en la película Tesis, en los snuff movies, al ver cómo tratan aquí de silenciar a Attilio, al anticlericalista y antimilitarista sardo, después de muerto. También puede tratarse de una simple labor de mantenimiento o conservación, aunque no parezca que aquí haya apenas contaminación, tratándose de un oasis en la ciudad. Lo más probable es que a Attilio se le venere, porque murió en el frente en 1918. Porque pidió seguir, tras la decisiva batalla del Piave. ¿Son las contradicciones las que hacen avanzar el mundo?

  • ¿Cómo estaba la plaza?

    Mucho titán y mucha fuerza, pero la maldición no es ser carne mortal sino piedra flasheada, piensa Oceanus, sin la posibilidad de alzar el agua y anegarlos a todos, pues más que harto está ya de tanto trajín, del tráfago de gente y tantas fotos, del acarreo de selfis y del lanzamiento de monedas, sin que nadie repare lo más mínimo en él. ¡Oh, pobre titán ninguneado! tan a la vista que nadie te ve ahora en el alud de pantallitas de rostros risueños, alegres y esperanzados, sabedores de que de Roma al Amor basta un cambio de sentido.

  • El agua del pueblo

    ¿Qué sería Roma para el viajero sin sus innumerables fuentes, diseminadas por toda la ciudad, brindando auxilio cuando aprieta la sed y hace mella el calor, incluso a finales de septiembre? Agua fresca que brota de manera ininterrumpida desde los caños. Un alivio para el bolsillo y un beneficio para tantísimos turistas y ciudadanos. Porque además, el agua de las fuentes está buenísima. Agua que llega a las mismas desde los acueductos todavía en uso. De esta manera el legado romano cobra todo su esplendor. Basta observar la inscripción ahora tan de moda y antaño acuñada en las monedas: S.P.Q.R.

  • A galopar, a galopar

    No siendo Livingstone tu espíritu viajero te mueve a ir más allá de las siete colinas, hasta la octava: la colina del Janículo. Quieres coger la distancia apropiada para ver Roma en toda su extensión. Antes de llegar al altozano, a lo lejos, divisas un faro. Miras a tu alrededor ¿Roma ha mudado en Nápoles? No. Es un regalo de los migrantes italianos que fueron a la Argentina. Hoy no lo verás iluminado con los colores patrios. Avanzas hasta situarte bajo la estatua ecuestre de Garibaldi. Pero ahora el espíritu infantil tira de ti y no quieres equinos sino ponis.

  • Venus

    Hoy no dormirás en uno de los bancos de la Terrazza del Pincio, porque el arte ha decidido concederte un regalo. Superada la medianoche solo reina el silencio y la oscuridad. Gulliver siempre fue tu cuento favorito. Menudo, liliputiense como eres, te cuesta horrores encaramarte sobre la broncínea escultura. No quieres perturbarla. Tratándose de una diosa podría fulminarte con la mirada, reventar tu cabeza como un melón. Ahormas tu cuerpo a las pródigas curvas, al metal fundido, todavía caliente. Al alba tendrás que pisar tierra firme, presa del extrañamiento. A la noche buscarás de nuevo el asilo axilar de Venus.

  • El tiempo de los lirios (Vicente Valero)

    Inescrutables son los caminos de la lectura. Libros o eslabones de la cadena que facultan el movimiento del lector. ¿Qué te lleva a leer Las florecillas de San Francisco de Asís? Llegas al mismo mediante El tiempo de los lirios, en donde Vicente Valero da cuenta de un viaje por la Umbría. Hablas de eslabones porque Valero recoge las palabras de otros viajeros: Hesse, Rilke, Montaigne, Weil… Así leer es recorrer los mismos pasos que otros dieron; hollar los mismos caminos, a menudo ya irreconocibles. El misterio que nos aboca a determinados libros es también la magia de la literatura.

  • Ciento veinticuatro huecos (Begoña Méndez)

    Ciento veinticuatro huecos u orificios para que respire el amor. Aquí un campo minado o mimado para sobreproteger el alma humana siempre tan vulnerable. Reflexiones acerca del amor. Va Begoña buscando las palabras ajenas en libros, películas, canciones, poemas. Los pilares son Weil y Carson. Presta la red de arrastre y el cedazo, luego la prosa decantatoria. Que afloren aforismos y el movimiento de la escritura, la cima y la sima, en un libro pequeño que se te pega al bolsillo trasero del pantalón y no quiere salir. Porque el amor asusta y duele y nos es siempre tan necesario.

  • Sotierra (Roberto Vivero)

    La mirada va de la vulva del cosmos, del himen azulcielo, de las estrellas (el esperma duro del sol) a la tierra, al filo de los barrancos, a las insondables calderas, volcanes y hoyas, al ras de la vigilia de la piedra, al espinazo de la lava, a la verticalidad de los tunos sangrantes, a la cumbre nevada del escanfraga, a los atolones de silencio. Malpaís-huriamen-guirre-mareta-pazote-solajero-berrenda-sirgada-puipana-bardino-etc. Sotierra es geografía, paisaje, historia. El poder volcánico de los poemas de Vivero, las coladas infernales, el desempeño del fértil lenguaje indisoluble del terruño. Crees haber sido soñado por el rumiar de cabras omnívoras.

  • Minimosca (Gustavo Faverón Patriau)

    Paras en la cafetería Iguazú. Pides una Radler y te la acompañan con unas patatinas fritas. Tomas asiento. Sacas de la mochila Minimosca y comienzas a leer. No me molesta el ruido cuando leo, porque aprendí a leer en todas esas casas en Londres, en Roma, en Lisboa, en el norte y el centro de África, llenas de niños y escaleras y amigos de mi padre, y leer, para mí, es como enajenarme, en el buen sentido. Lo intentas, pero no puedes concentrarte con el fuego cruzado de las conversaciones ajenas. No te enajenas ni ensimismas. Guardas la novela. Vuelas.

  • Los enanos (Concha Alós)

    Lees: Somos enanos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse. Los enanos viven como pensionados, nada sobra y todo falta, mientras se suceden las escenas costumbristas, bajo el régimen franquista, sin apenas recursos y sobreviviendo a duras penas. Ellas preservando el honor, ellos mancillándolo. Aquel código. Mundo binario. Mundo pasado, pasado mudo, pero no periclitado. La voz de los desfavorecidos como materia prima. La ominosa y mugrienta realidad ahoga y ultima a ratas y personas. Quieres conocer de primero mano cómo fue la posguerra, qué fue eso de vencer y rematar. Alós ha venido en tu auxilio.

  • La novela de un literato (Rafael Cansinos Assens)

    Al ir espigando La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens, serás testigo de la historia de España de 1900 a 1936. Rafael dará testimonio de la muerte de Valle-Inclán, del nacimiento de la editorial Aguilar, de las andanzas de Buscarini, de la marcha de González-Ruano a Italia, de la trágica muerte de Hildegart, de la primera Feria del Libro en Madrid, de los dimes y diretes en los mentideros literarios, de la muerte de Galdós, de la República, de la muerte de Rubén Darío, del aprecio por Concha Espina y otras cosas muy interesantes para el lector.

  • Los no llamados por su nombre. Matthias Grünewald, el pintor (Ramón Andrés)

    Cada lector tendrá sus motivos para leer. Ya sea como entretenimiento, pasatiempo, enriquecimiento intelectual, herramienta de evasión, autoconocimiento, etc. Tenías a la mañana entre las manos (o mejor: entre las neuronas) el ensayo de Ramón Andrés, Los no llamados por su nombre. Mathias Grünewald (el pintor), cuando has leído algo que te ha parecido muy interesante: Cuando alguien lee, devuelve al mundo su lentitud, no lo expolia, se emplea en restituirle lo que fue suyo; lo regresa a su silencio inaugural. Si hoy entre tanto ruido y apresuramiento la lectura puede devolvernos a la lentitud y al silencio, bienvenida sea.

  • La utilidad de leer (Gilbert K. Chesterton)

    ¿Tiene sentido hablar de leer en términos de utilidad? Como lees a fondo perdido, respondes que no. La viva inteligencia de Chesterton, su aguda pluma, su pensamiento crítico y su prosa dan como resultado ensayos descacharrantes, donde reivindica las novelas de misterio, las de los bajos fondos, la necesidad de leer y de los novelistas, y por su puesto: la ficción. Toca Chesterton cuestiones como la bibliomanía, la literatura infantil, la novela realista, la prensa amarilla y sensacionalista. En la continua retranca y fina ironía que rezuman los escritos, Chesterton te recuerda a otro autor que te pirra: Julio Camba.

  • Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva)

    En  memoria de mi abuela

    Buscas el libro de viajes en la estantería. Tardas en encontrarlo. No vas en pos de una relectura, quizás necesaria, porque recuerdas que disfrutaste mucho cuando lo leíste, tanto de las imágenes como de los textos. Que te sedujo el mundo descrito por Esteva, que te recordó a otros libros de Fermor. Pero vas buscando una cosa muy concreta en tu búsqueda. Una dedicatoria. La lees varias veces. En el trazo oscilante, temblón, cuesta entender algo. Solo una palabra permanece. Al nombrarnos nos dan vida. Por eso antes de desaparecer, el nombre es lo último que la caligrafía defiende: Nieves.

  • Taller de miniaturas (José Ángel Cilleruelo)

    Te preguntas si la vida no será una colección de miniaturas, de instantes, de teselas conformando un mosaico, una mínima biografía, o incluso la monumental historia universal. Un libro, Taller de miniaturas; una escritura, la de Cilleruelo, que demanda la réplica y exige el esfuerzo de lo mínimo y lo concentrado. Y un libro previo del mismo autor: El ausente, cien autorretratos y los múltiples textos digitales. Son aquel molde donde dar forma, aquí y ahora, a la autobiografía o a la biografía del tú. Apunta: epítome, extracto, suma. Resúmelo en tres palabras y echa el cierre: Breviario del instante.

  • Epílogo

    Cien textos de cien palabras y cien fotografías hechas con el móvil. El resultado: Breviario del instante. Quizás una autobiografía mínima, 2.0 y en ¿segunda persona? Aquí están las huellas (en la arena) que dejan los viajes, el poso (u hollín) de las lecturas y el cansancio y el parejo gozo de las excursiones en  la montaña. Palabras aventadas por el asombro, la perplejidad, y el extrañamiento. Para dar cuenta de lo efímero, como el pensamiento escurridizo o el lubricán que apenas dura unos segundos.Un poema no se termina nunca, solo se abandona, dejó dicho Valéry. El breviario, ídem.