
Si el Dorado atrajo a los belicosos y rapiñadores conquistadores españoles por su irresistible fulgor amarillo, el oro blanco lo hará por su blancor cegador: disparo de nieve que te fulminará cuando al mediodía pasees por Vila Viçosa y veas cómo resplandece el mármol en cada fachada, dintel, ventana e incluso colosal cenicero. En Estremoz viste el sarpullido de lápidas marmóreas en el cementerio. Detrás, terrones del mármol eviscerado de la tierra y parido en su tegumento ocre. Si un golpe de calor te hiciera ahora morder el polvo, el bordillo de mármol te haría de almohada. ¿Hace una cabezada?
Deja una respuesta