Casa okupada

Que no había que poner puertas al campo, pero tú ni puñetero caso. Ahí está ahora el umbral que franqueas, la verja sin engrasar y chirriante. Hay una advertencia en el lamento que desatiendes; tú siempre erre que erre. Apartas las ramas de los ojos, las ortigas de los brazos, en esta casa ahora okupada, donde la naturaleza fue recuperando lo que era suyo. Sigues avanzando hasta que desapareces entre lo verde y es entonces cuando súbitamente espabilas, luchas, pataleas hasta ser escupido sobre el asfalto que nunca debiste haber abandonado. Anda, cierra la puerta, pon el candado y márchate.

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