Etiqueta: Verano insular

  • Marcapáginas

    A la velocidad del rayo surca el avión el tramo de cielo sobre tu cabeza. Visto desde la orilla, arriba la barbilla. Al frente, el mar y el cielo confunden el horizonte como en un cuadro de Rothko. La tercera horizontal sería la arena negra. A medida que te internas, el oleaje te zarandea y cuando divisas una ola que viene hacia ti, en su seno de espuma te sumerge, estirado en el agua como una tabla de surf, arrastrado hasta la orilla, embadurnado de algas te incorporas. Una semana después extraerás con un bastoncillo arena negra de ambos oídos. 

  • Dios no juega a los dados, juega al Tetris

    Que Dios no juega a los dados lo sabemos gracias a Einstein, pero que juega al Tetris es algo más desconocido, y que tiene la naturaleza, te atreverías a decir, de un secreto. Sucedió que estando en una playa de Gran Canaria, al salir de la mar, embravecida y erizada por olas muy surferas, te percataste de que lo que tenías frente a ti no era un edificio maleducado, a espaldas del mundo, sino la obra del Hacedor, que ese día, en vez de manos tuvo manoplas, y que aburrido dejó la partida, afortunadamente, sin resolución. Y a Dios gracias.

  • Calima II

    El aliento cálido de la tierra inerte no desincentivará el paseo alrededor de la urbanización. En el alcor, frente al pareado, mira a su alrededor y se siente un pionero, también un colono. Piensa en los aborígenes, en sus condiciones de vida, en la isla como una cárcel flotante. Deja el pesado pasado atrás y ahora camina por la avenida hasta su final, bajo la atenta mirada de los invernaderos a su derecha. Quisiera agarrar una de aquellas hojas gigantes, asomadas como brazos pidiendo ayuda. El cielo le devuelve la imagen de un sudario. Regresa a casa. La fresca Ítaca.

  • Calima I

    Dios acaricia los vellones mientras camina perezoso por el mullido terreno. Piensa en una calzada romana en donde la espuma de aire blanco hubiera reemplazado los bloques de piedra. Abajo, los bañistas chapotean en el agua, enmarañados en las olas, puestos a secar bajo el sol que se les hurta. Por eso Dios decide estornudar, desvelar los cielos. Corren los mortales ahora bajo las sombrillas, a aplicarse las cremas solares, a ofrecerse como mártires de la vitamina D, a poner a prueba la melanina en cuerpos mantecosos, prontamente rojizos. Hecha la luz, reinará la alegría de nuevo, el júbilo comunitario.