Etiqueta: Cuaderno de Praga

  • Cuaderno de Praga. Siete

    Del no saber te saca Google Lens, cuando en la visita al Palacio Real, en el castillo, al otro lado del río Moldava, veas una construcción cerámica, tipo zigurat. Una calefacción de entonces, verde como la cerveza que te ventilas poco después en el Kafedam. A la noche anhelas darte un paseo por los pasillos de la biblioteca del Clementinum, no tener que conformarte con estirar el cuello desde un balconcillo y apresar tanta belleza en tres fotos en escorzo. Te imaginas ahí abajo, a la pata coja, en el terrazo, brincando de rombo en rombo: una rayuela para adultos.

  • Cuaderno de Praga. Seis

    Construyes la ciudad pieza a pieza, a medida que subes a las distintas torres y cierres el conjunto en la última, en la aireada torre Eiffel de juguete, en el Monte Petřín. Verás condensada Praga en un trávelin panorámico, afincada en la tierra. Disfruta de la ciudad desde el agua, surca las venas de la urbe y sus canales. En los ojos de los puentes pasas a ser una legaña molesta y juguetona. Nos resta el fuego. Comparece con la inmolación del joven Jan Palach, dando comienzo, dos décadas después de su muerte, al final del régimen comunista, el 17.11.1989.

  • Cuaderno de Praga. Cinco

    Descansas en los parques. Ves carteles que prohíben fumar hierba y pincharse, entre otras cosas. Experimentas un deja vú, en la galería Lucerna bajo el caballo de Wenceslao, cabeza abajo. Eres testigo de cómo la oscuridad se hace arte en el Teatro Negro. Bastan cien metros para reunir a miles de personas junto a un muro, no al de las lamentaciones, sino al de los recuerdos, Lenon mediante. Muro, palimpsesto, batiburrillo de pintura, palabras y pegatinas, grumo en el que se disuelve el ayer. Al otro lado del muro, en una taza te impacta una frase: Procrastination will kill you.

  • Cuaderno de Praga. Cuatro

    Kafka pidió a su amigo Brod que quemase su obra. No lo hizo. Una feliz desobediencia según Borges. Conociendo a Kafka se entiende que el museo sea una sala pequeña apenas iluminada. Una línea del tiempo (corta) de Kafka, un árbol genealógico, libros, cartas, fotos y poco material más. Kafka hubiera pedido que no le hiciesen un museo, petición innecesaria si Brod hubiese cumplido su palabra. La gente fotografía fuera las esculturas (obra de Černý) de dos hombres meando sobre un charco (Chequia). Kafka es un icono que vende tanto como el Che en su día, pero ¿alguien lo lee? 

  • Cuaderno de Praga. Tres

    Al caminar por las calles de Praga no mires los adoquines y alza la mirada. Verás a Freud colgado de una barra en lo alto de un edificio, un joven sobre un muro, una niña entretenida con un avión de papel, y mariposavionetas. Por no hablar de toda la miríada de atalantes, hombres musculosos, mujeres desnudas soportando las cornisas y repisas en un sinfín de bellos edificios. O un poco más abajo un feto instilado en un canalón, manos (Věrni zůstaneme), bustos. Así es el arte escultórico praguense: inesperado, sorprendente, impactante; una voz queda, pero audible si pones el oído.

  • Cuaderno de Praga. Dos

    No morirás hoy en Praga con aguacero mientras recorres el cementerio judío erizado de tumbas de piedra, hendiendo la tierra bajo el gigantesco castaño de indias. El pasado son los progromos, las expulsiones, las persecuciones, de siglo en siglo. Hoy lees los nombres de los asesinados antaño en las paredes de la sinagoga. Ves las fotos de los ciudadanos israelíes, las pegatinas pidiendo que vuelvan a casa los secuestrados por Hamas. Lees acerca del dolor ajeno y piensas que los israelíes están tan ocupados con el propio, que el ajeno, el gazatí, aunque de ellos depende, ya poco les importa. 

  • Cuaderno de Praga. Uno

    Ni rastro de Kafka. No está escondido en el goulash que comes con avidez, ocre como un campo de batalla. Tampoco en las galerías comerciales, atestadas de turistas como tú. Vas buscando su estatua, y te despistas en cada calle y plaza. Te pasmas delante de cada escaparate y te cuesta mucho imaginar los tanques, donde ahora circulan los abundantes tranvías, los animosos turistas, la invencible alegría. La revolución de terciopelo es hoy el plumero que acaricia tu rostro. Incluso el pasado parece flotar ahora con un aroma dulzón, a trdelník. Buscarás a Kafka en los libros, no en Praga.