Etiqueta: Cuaderno alentejano

  • Cuaderno alentejano. Cinco

    Piensas que incurres en la redundancia al gritar ¡córcholis!, pero la mercancía no es para menos, y bien que se merece una exclamación, contenida, sí, pues bien que hubieras podido clamar ¡coño! y quedarte más ancho que largo. La corteza de la encina a tu derecha, sobre la acera. Ves cómo la imaginación y la destreza humana le sacan buen provecho a la corteza (pensar es también descortezar) en forma de: bolsos, zapatos, sandalias, monederos, gorras, posavasos, bolsas, dosificadores, sombreros. Nueve respuestas acertadas, a cincuenta céntimos cada una, dan un total de cuatro euros cincuenta. Te alcanza para una bifana.

  • Cuaderno alentejano. Cuatro

    Visitas Évora. Recorres el perímetro del Templo romano de Augusto, aunque todos digan “de Diana”. Observas en pie unas pocas columnas: catorce. Las ruinas son el autocompletar de la imaginación, piensas. Lo llamativo del templo es el mármol de Estremoz en los capiteles. En la misma plaza del templo se celebra la Feria del Libro. Compras uno de Afonso Cruz en portugués e inglés. Por título Évora. En la cubierta el templo romano. Lo lees a la noche después de haberte pateado Évora a cuarenta grados, en mayo. De la lectura extraes un único deseo: degustar la sopa de beldroegas.

  • Cuaderno alentejano. Tres

    En la piscina del hotel lees a Quignard. En Morir de pensar escribe:

    La lectura nace de la desintegración de uno mismo en el interior de otro. Hay primero una desintegración difícil (hay que «entrar» en la novela) seguida de una fusión maravillosa en la lectura (ya no es posible dejarla). Pero la concentración, en la piscina, es una quimera, pendiente como andas por no ser picado por las abejas, asaeteado por las conversaciones ajenas, en portugués, inglés y alemán. No hay por tanto desintegración ni fusión, ni lo que es aún peor: plena sumisión a la férrea curiosidad lectora.

  • Cuaderno alentejano. Dos

    El resultado de las fotos es lo menos importante. En las fotografías apareces de medio cuerpo, cegado por el sol o a oscuras. Los más atrevidos te piden confirmación a su acción. Tu siempre contestas lo mismo: Muy bien, gracias. No hay que corregir al fotógrafo, remedar la naturaleza artística, la predisposición humana. Una vez, un actor (Jack de Perdidos), se negó a echarse una foto contigo en Roma. Y en Sintra, en un palacio de cuento, pediste una foto a un fulano que llevaba una réflex con objetivo y recibiste un rotundo no. Te sentiste más perdido que Jack.

  • Cuaderno alentejano. Uno

    Si el Dorado atrajo a los belicosos y rapiñadores conquistadores españoles por su irresistible fulgor amarillo, el oro blanco lo hará por su blancor cegador: disparo de nieve que te fulminará cuando al mediodía pasees por Vila Viçosa y  veas cómo resplandece el mármol en cada fachada, dintel, ventana e incluso colosal cenicero. En Estremoz viste el sarpullido de lápidas marmóreas en el cementerio. Detrás, terrones del mármol eviscerado de la tierra y parido en su tegumento ocre. Si un golpe de calor te hiciera ahora morder el polvo, el bordillo de mármol te haría de almohada. ¿Hace una cabezada?