Etiqueta: A salto de mata

  • ¿Qué nos dirían las gargantas?

    ¿Recuerdas cuando fumar era glamuroso y también bueno para ti? Te lo recuerda el texto a la derecha del rostro sonriente de la actriz Lucy Bell. La gente entra en el estanco, hace oídos sordos y también la vista ciega a los carteles explícitos. No solo al Fumar mata, también a las imágenes con órganos necrosados, cicatrices o personas hospitalizadas. Saben que van a morir, como el resto. No saben cuándo. Los no fumadores como tú, tampoco. Pero una cosa está clara: son personas generosas que soportan las arcas públicas del Estado, que antes de matarlos los desangrará a impuestos.

  • La línea del horizonte

    Es el momento previo a cuando ya no se distingue el lobo del can, ni un hilo blanco de otro negro, afirma, a tu lado, el hombre que aparece entre las sombras, haciendo gala de su saber. El lubricán, concluye. Asistes a un espectáculo efímero, natural, siempre distinto. Los minutos pasarán, oscurecerán el cielo y solo restarás tú, la farola encendida y una legión de mosquitos zumbando alrededor. Antes, celebrarás la tan cacareada luz del sur, aquí y ahora, en Isla Cristina. Prefieres el mar a los esteros. Te recreas en los estertores del día que languidece. Respiras el crepúsculo.

  • El desdicho refugio climático

    ¿Y si te acoges a sagrado? te preguntas, azuzado por la calorina que hace fuera, y derrite los sillares de piedra del casco antiguo cacereño. Pagas la entrada, pegas el audioguía a la oreja, constatas por primera vez en toda tu vida que estás sudando dentro de una iglesia. Pruebas en las capillas con el mismo resultado. A calzón quitado asciendes al campanario. Recibes una bofetada de calor. Nunca has tenido una campana tan a mano. Ardes en deseos (será por el calor) de hacerla tañer. Quieres sentir el badajo entre las manos. Hacer mucho ruido, manifestar tu creciente malestar.

  • Ola (y adiós)de calor

    La plaza desierta, el cielo gris, el viento frío. ¿Regresas al tiempo de la pandemia? No, pero nada te invita a pensar que hoy es doce de julio, mediodía, que estás en Sevilla. La torre, al fondo, es la Giralda. Una amiga te lleva y trae por las calles y plazas que recorres al galope. Empatizas con los equinos, velada la mirada por las anteojeras. Igual tú, viéndolo todo sin ver nada, echando fotos sobre la marcha, como si viajaras en un tren de alta velocidad. ¿Qué tiene Sevilla que enamora? Palpas tu cuerpo buscando la marca inequívoca del flechazo.

  • La comunidad vegetal

    No deja de maravillarte cómo el viento, tan incorpóreo, es capaz de hacer tamaños destrozos. Así ves los árboles arrancados de raíz, el cepellón al aire, o golpeados, como un púgil poco diestro que antes de ir a besar la lona buscase el reparador abrazo y lo encontrase, en un esmerado ejercicio de geometría arbórea. Es posible que en el siguiente halón de Eolo los tres árboles besen finalmente la lona: el tupido manto de hojas caducifolias. O bien logren resistir a pie firme, como ese acebo minúsculo al que has visto desafiar las pisadas, plantado en medio del camino. 

  • Oxímoron

    Dudas de la dulzura de la cuesta mientras haces la digestión, caminando por uno de los pueblos más bonitos de España, según el cartel; aunque las urbanizaciones abandonadas a la entrada del pueblo desmerezcan el bello conjunto monumental integrado por casas solariegas y blasonadas. Zarandeado por el viento decides no asomarte demasiado en el muro de piedra de los restos del castillo, desde donde observas la Sierra de Cantabria, al Ebro moroso, desdeñando la prisa en el meandro. Antes estuviste en Cenicero. Visitaste una bodega gigantesca. En tu mente proyectas el título de una película: Lo que el barranco esconde.

  • Mugir es cuestión de método

    Sabías de la existencia de toros enamorados de la luna, pero no de vacas enamoradas de la niebla, como la que te mira estática en la distancia. Hablas de amor, pero ¿y si fuese también una víctima de la adversa climatología? Ajustas las gafas y tratas de dictaminar si es bizca, zurda, gacha, estorneja… Una cuestión de cuernos que te resulta irresoluble, porque cuando vuelves a mirar ya ha desaparecido entre el velo de niebla. Ves jirones de montaña, el camino recortado, el lánguido sol tratando de hacerse un hueco entre tan nube. ¿Llegarás al coche antes de la anochecida?

  • ¡Apunten, disparen, fuego!

    Es tiempo de berrea y aunque la niebla no te permite ver ningún ejemplar, escuchas el sonido del deseo y la promesa de la cópula. Son mensajes lanzados de valle a valle, de montaña a montaña. Ruido de fondo al que no consigues poner rostro, ni cuernos. Dice tu amigo que es cuestión de esperar. Procedería entonces hablar de El desierto de los tártaros, pero callas. Baja la temperatura, oscurece y camino del coche algo se mueve rápido en la distancia. Es una hembra. Apuntas y disparas. No muere; vivirá para siempre en la fotografía que tú estás viendo ahora.

  • El sur también existe

    Después de tres manzanillas, a palo seco, con la mente enlodada, como un río tras las lluvias, sabes que te urge comer algo. Es pronto y no tienes que hacer cola en la Casa más laureada. La carta es interminable y cada día retienes menos. Ordenas ortiguillas, cazón en adobo, tortilla de camarones, salpicón de marisco, salmorejo. No busquen aquí originalidad. Lo comes todo sin disfrutarlo, porque un ejército de mosquitos ha decidido convertirte en donante, en contra de tu voluntad. La misma que te hará levantarte airado, dejar el billete de cincuenta y la implícita propina. Salir cagando leches.

  • Y la playa llora y llora

    Te acuerdas de unas vacaciones hace una década en Llanes. Amaneció lloviendo y anocheció lloviendo durante más de una semana. Después de desayunar salías al patio interior, mirabas el cielo gris y regresabas dentro a jugar al UNO con las crías, a escuchar música, a poner a punto los paraguas. Una mañana, el vecino de enfrente, al verse saludado con cierta desesperanza tuya, te dijo que el verde no surgía de la nada. Era fruto de la mucha agua. Piensas hoy en ese día caminando por los acantilados en Tagle, frente a la playa, antes de darte, alborozado, un chapuzón.

  • Nostalgia del absoluto

    A finales de agosto, en la playa Area da Vila de Camariñas, bajo la sombrilla, a resguardo de un cielo esclarecido, escuchando vehículos y voces en sordina, los niños ajenos afanados en su quehacer de castillos de arena, la mirada distraída triangulando entre apacibles veleros anclados a tiro de piedra, los pies ocultos bajo la arena, leyendo Melancolía de Péter Nádas y vencido por el sueño y entonces cabeceando a las seis de la tarde, mientras soplaba una brisa fresca, y un perro corría en pos del palo hasta la orilla, despreocupado de las servidumbres del presente, te sentiste feliz.

  • Ser montaña

    Rostros humanos o montañas graníticas en los que recorrer los cordales, las líneas de desnivel en la frente y mejillas. Observa las aristas, las eras geológicas de los sucesivos estados vitales. Ahí está la herencia que nos dejan los mayores. Concéntrate en el gesto cansado y sobrio de la edad más allá de la edad; en los ojos fijos de la etiqueta en la botella de vino. No un vino gran reserva, sino un vino joven. Berganzo, donde bullen las cascadas, el agua impetuosa, el hontanar de la esperanza, lo salvaje, ajeno a las heredades, a las denominaciones de origen.

  • Atención, amigo conductor

    Recibes una foto de un amigo delante del cartel de un pueblo con su apellido. Replicas con una de Ocio y añades que te ves ahí disfrutando de la jubilación. Fantaseas en veranear en Cariño, en recorrer todas las calles de Libros y en pernoctar en la ciudad dormitorio de Camas, agotado después de recorrer Sevilla. Disfrutas con la paradoja de Casasola saludando a los vecinos. Tu desmemoria te hizo olvidarte de Funes y cuando llegas a Adiós sientes ir a contracorriente. Giras la curva y ¡Zas! Te escurrirás del texto cuando dando un volantazo decidas tomar las de Villadiego.

  • Corconte

    La mano borra y empapa el vapor de agua del cristal, la pupila desvelada registra entonces formas, volúmenes, otros vapores en vacas, caballos, caligrafía cuadrípeda; campanas en espadañas que ya no tocan a muerto, el verdor feraz, promiscuo, menudea y da a morir en el regazo limoso del pantano; allende la geometría horizontal de ojos pétreos casi ocultos, en luna menguante, pantalanes huérfanos de embarcaciones, árboles solitarios en islas flotantes, esputos de un cielo ceniciento, salivante. Y ahí está: el balneario siniestro, fantasmal, antediluviano, arropado en su aliento nebuloso, junto a la fábrica de aguas, la temperatura desplomándose. Siete grados.

  • El teatro de los sueños

    Los pasos te arrastran por la ciudad, sin retener el nombre de las calles ni las plazas, bajo el ceniciento cielo. Parece que alguien tirase de ti, pero no sabes hacia dónde. En la parada esperas sudoroso el tranvía que no acaba de llegar. Quieres ver la masa de agua mansa que se desliza bajo el puente. Tranquilo observas el Nervión y sigues tu camino, ajeno a la ciudad que tanto te desconoce. Has oído hablar del Teatro de los sueños. Ahora, con el estadio a un lado y el mural al otro, bostezas alimentando un cansancio infinito e irresoluble.