Cien textos de cien palabras y cien fotografías hechas con el móvil. El resultado: Breviario del instante. Quizás una autobiografía mínima, 2.0 y en ¿segunda persona? Aquí están las huellas (en la arena) que dejan los viajes, el poso (u hollín) de las lecturas y el cansancio y el parejo gozo de las excursiones en la montaña. Palabras aventadas por el asombro, la perplejidad, y el extrañamiento. Para dar cuenta de lo efímero, como el pensamiento escurridizo o el lubricán que apenas dura unos segundos.Un poema no se termina nunca, solo se abandona, dejó dicho Valéry. El breviario, ídem.
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Taller de miniaturas (José Ángel Cilleruelo)

Te preguntas si la vida no será una colección de miniaturas, de instantes, de teselas conformando un mosaico, una mínima biografía, o incluso la monumental historia universal. Un libro, Taller de miniaturas; una escritura, la de Cilleruelo, que demanda la réplica y exige el esfuerzo de lo mínimo y lo concentrado. Y un libro previo del mismo autor: El ausente, cien autorretratos y los múltiples textos digitales. Son aquel molde donde dar forma, aquí y ahora, a la autobiografía o a la biografía del tú. Apunta: epítome, extracto, suma. Resúmelo en tres palabras y echa el cierre: Breviario del instante.
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Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva)

En memoria de mi abuela
Buscas el libro de viajes en la estantería. Tardas en encontrarlo. No vas en pos de una relectura, quizás necesaria, porque recuerdas que disfrutaste mucho cuando lo leíste, tanto de las imágenes como de los textos. Que te sedujo el mundo descrito por Esteva, que te recordó a otros libros de Fermor. Pero vas buscando una cosa muy concreta en tu búsqueda. Una dedicatoria. La lees varias veces. En el trazo oscilante, temblón, cuesta entender algo. Solo una palabra permanece. Al nombrarnos nos dan vida. Por eso antes de desaparecer, el nombre es lo último que la caligrafía defiende: Nieves.
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Sotierra (Roberto Vivero)

La mirada va de la vulva del cosmos, del himen azulcielo, de las estrellas (el esperma duro del sol) a la tierra, al filo de los barrancos, a las insondables calderas, volcanes y hoyas, al ras de la vigilia de la piedra, al espinazo de la lava, a la verticalidad de los tunos sangrantes, a la cumbre nevada del escanfraga, a los atolones de silencio. Malpaís-huriamen-guirre-mareta-pazote-solajero-berrenda-sirgada-puipana-bardino-etc. Sotierra es geografía, paisaje, historia. El poder volcánico de los poemas de Vivero, las coladas infernales, el desempeño del fértil lenguaje indisoluble del terruño. Crees haber sido soñado por el rumiar de cabras omnívoras.
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El tiempo de los lirios (Vicente Valero)

Inescrutables son los caminos de la lectura. Libros o eslabones de la cadena que facultan el movimiento del lector. ¿Qué te lleva a leer Las florecillas de San Francisco de Asís? Llegas al mismo mediante El tiempo de los lirios, en donde Vicente Valero da cuenta de un viaje por la Umbría. Hablas de eslabones porque Valero recoge las palabras de otros viajeros: Hesse, Rilke, Montaigne, Weil… Así leer es recorrer los mismos pasos que otros dieron; hollar los mismos caminos, a menudo ya irreconocibles. El misterio que nos aboca a determinados libros es también la magia de la literatura.
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Ciento veinticuatro huecos (Begoña Méndez)

Ciento veinticuatro huecos u orificios para que respire el amor. Aquí un campo minado o mimado para sobreproteger el alma humana siempre tan vulnerable. Reflexiones acerca del amor. Va Begoña buscando las palabras ajenas en libros, películas, canciones, poemas. Los pilares son Weil y Carson. Presta la red de arrastre y el cedazo, luego la prosa decantatoria. Que afloren aforismos y el movimiento de la escritura, la cima y la sima, en un libro pequeño que se te pega al bolsillo trasero del pantalón y no quiere salir. Porque el amor asusta y duele y nos es siempre tan necesario.
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Minimosca (Gustavo Faverón Patriau)

Paras en la cafetería Iguazú. Pides una Radler y te la acompañan con unas patatinas fritas. Tomas asiento. Sacas de la mochila Minimosca y comienzas a leer. No me molesta el ruido cuando leo, porque aprendí a leer en todas esas casas en Londres, en Roma, en Lisboa, en el norte y el centro de África, llenas de niños y escaleras y amigos de mi padre, y leer, para mí, es como enajenarme, en el buen sentido. Lo intentas, pero no puedes concentrarte con el fuego cruzado de las conversaciones ajenas. No te enajenas ni ensimismas. Guardas la novela. Vuelas.
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Los enanos (Concha Alós)

Lees: Somos enanos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse. Los enanos viven como pensionados, nada sobra y todo falta, mientras se suceden las escenas costumbristas, bajo el régimen franquista, sin apenas recursos y sobreviviendo a duras penas. Ellas preservando el honor, ellos mancillándolo. Aquel código. Mundo binario. Mundo pasado, pasado mudo, pero no periclitado. La voz de los desfavorecidos como materia prima. La ominosa y mugrienta realidad ahoga y ultima a ratas y personas. Quieres conocer de primero mano cómo fue la posguerra, qué fue eso de vencer y rematar. Alós ha venido en tu auxilio.
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La utilidad de leer (Gilbert K. Chesterton)

¿Tiene sentido hablar de leer en términos de utilidad? Como lees a fondo perdido, respondes que no. La viva inteligencia de Chesterton, su aguda pluma, su pensamiento crítico y su prosa dan como resultado ensayos descacharrantes, donde reivindica las novelas de misterio, las de los bajos fondos, la necesidad de leer y de los novelistas, y por su puesto: la ficción. Toca Chesterton cuestiones como la bibliomanía, la literatura infantil, la novela realista, la prensa amarilla y sensacionalista. En la continua retranca y fina ironía que rezuman los escritos, Chesterton te recuerda a otro autor que te pirra: Julio Camba.
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La novela de un literato (Rafael Cansinos Assens)

Al ir espigando La novela de un literato, de Rafael Cansinos Assens, serás testigo de la historia de España de 1900 a 1936. Rafael dará testimonio de la muerte de Valle-Inclán, del nacimiento de la editorial Aguilar, de las andanzas de Buscarini, de la marcha de González-Ruano a Italia, de la trágica muerte de Hildegart, de la primera Feria del Libro en Madrid, de los dimes y diretes en los mentideros literarios, de la muerte de Galdós, de la República, de la muerte de Rubén Darío, del aprecio por Concha Espina y otras cosas muy interesantes para el lector.
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Los no llamados por su nombre. Matthias Grünewald, el pintor (Ramón Andrés)

Cada lector tendrá sus motivos para leer. Ya sea como entretenimiento, pasatiempo, enriquecimiento intelectual, herramienta de evasión, autoconocimiento, etc. Tenías a la mañana entre las manos (o mejor: entre las neuronas) el ensayo de Ramón Andrés, Los no llamados por su nombre. Mathias Grünewald (el pintor), cuando has leído algo que te ha parecido muy interesante: Cuando alguien lee, devuelve al mundo su lentitud, no lo expolia, se emplea en restituirle lo que fue suyo; lo regresa a su silencio inaugural. Si hoy entre tanto ruido y apresuramiento la lectura puede devolvernos a la lentitud y al silencio, bienvenida sea.
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Cresta Mugalari

Recorriste la cresta sentado, agarrotado ante la visión de sendas paredes verticales, a los flancos, bajo tus posaderas. Hubo quien incluso sintió paralizadas las extremidades, el rostro blanco, el vértigo (hijo bastardo del miedo) haciendo de las suyas. Ahora, en la distancia, parece más ancha la cresta Mugalari. El León Dormido presenta otro aspecto, menos fiero, más amable. Ni rastro de los buitres, ni siquiera sopla el viento. El movimiento, donde estás situado, lo ofrecen las familias con hijos que hacen cumbre, toman fotos y descienden. Carga las pilas. Respira. El lunes volverás a ser un hámster en la rueda.
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Beriain

No parten diez argonautas del mar de niebla, sino diez excursionistas hacia Beriain. Ascensión o calvario. ¡Anda!, Andoni ya baja como Pedro por su casa y saluda. Búscame en internet, dirá. Arriba el horizonte se alimenta a sí mismo. Parada en la ermita de San Donato. Pero ni oráis ni yantáis. Sobre vuestras cabezas, buitres y parapentes compartiendo el mismo aire. Se suceden los portillos en el barco de piedra, rumbo hacia la proa. Luego, la bajada pronunciada. ¡Dame pista (forestal) que voy! ¿Quién va en busca del tiempo recolectando berros, lo pierde? No. Llegamos a Unanua. Empacho de vocales.
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Etxebarri

Avanza la cuadrilla multicolor en su vaivén. De la cima a la sima por los montes de Etxebarri. Verás penachos de roca con forma de colgajos fálicos. Recorrerás la brecha del tamaño de dos brazos, donde se filtrará la luz del esforzado sol. Aceptarás los juegos que la naturaleza te ofrezca: la pequeña abertura apenas visible entre bojs; como en el tragantúa serás defecado al otro lado, en un claro. Sortearás túneles de piedra y sendas escarpadas. Encontrarás abrigo en el sereno tronco del roble. Luego Etxebarri, después Larrión. Lo compartido bien sabe. ¡Qué rulen las palabras y los bizcochos!
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Izki

Escupe agua sobre las fronteras: Álava, Navarra, La Rioja. ¿Qué saben los árboles de estos lindes administrativos? Ves los mojones de piedra en los bosques. Beben los robles, las hayas, los acebos, los castaños, en su ofrenda de castañas, las yeguas en los caminos. Recorres la cumbre. Hasta el cielo te conducen los pies, y también el bizcocho, el membrillo, el orujo de maguillas. Pronto caerá la tarde. Verás cómo rebotan los años rejuvenecidos en el frontón. Ahora en el vaivén del columpio y el suave trote del caballito. Sientes la fluidez en el tobogán, la inercia de la alegría.