
El oído en la piedra no te trae la música de las esferas sino el sonido granítico del silencio. Tomas asiento para sentir el precario equilibrio en las nalgas, hasta que luego, de pie, tratas de emular a Perurena. Lo das por imposible cuando la espalda te suplica que cejes. Quizás sea una rayuela, oirías si atendieses al niño que llevas dentro. Podrás alcanzar la segunda bola, te preguntas cuando inicias el salto y caes desmadejado sobre el asfalto. Una señora con bastón te lo clava en las costillas y presiona con saña. Me confunde con una paloma torcaz, piensas.









