Autor: Francisco Hermoso de Mendoza

  • Costa blanca de bruma

    Surge la niebla del velero o el velero de la niebla, piensas. Un velero casi invisible si no fuera por el mástil, desvelado por la atenta mirada. El horizonte ha devenido un lienzo en donde pugnan los blancos y los grises; oculto el cielo. Piensas en Costa a la luz de la luna. Pero aquí no hay una hoguera, ni destellos, ni luz, ni asomo de vida: solo un blanco que no ciega, para una bruma que no cala, y en un horizonte apagado y sin perfiles. Parpadeas y el velero ya no está: ¿banco de niebla o agujero negro?

  • Casa okupada

    Que no había que poner puertas al campo, pero tú ni puñetero caso. Ahí está ahora el umbral que franqueas, la verja sin engrasar y chirriante. Hay una advertencia en el lamento que desatiendes; tú siempre erre que erre. Apartas las ramas de los ojos, las ortigas de los brazos, en esta casa ahora okupada, donde la naturaleza fue recuperando lo que era suyo. Sigues avanzando hasta que desapareces entre lo verde y es entonces cuando súbitamente espabilas, luchas, pataleas hasta ser escupido sobre el asfalto que nunca debiste haber abandonado. Anda, cierra la puerta, pon el candado y márchate.

  • Marcapáginas

    A la velocidad del rayo surca el avión el tramo de cielo sobre tu cabeza. Visto desde la orilla, arriba la barbilla. Al frente, el mar y el cielo confunden el horizonte como en un cuadro de Rothko. La tercera horizontal sería la arena negra. A medida que te internas, el oleaje te zarandea y cuando divisas una ola que viene hacia ti, en su seno de espuma te sumerge, estirado en el agua como una tabla de surf, arrastrado hasta la orilla, embadurnado de algas te incorporas. Una semana después extraerás con un bastoncillo arena negra de ambos oídos. 

  • Dios no juega a los dados, juega al Tetris

    Que Dios no juega a los dados lo sabemos gracias a Einstein, pero que juega al Tetris es algo más desconocido, y que tiene la naturaleza, te atreverías a decir, de un secreto. Sucedió que estando en una playa de Gran Canaria, al salir de la mar, embravecida y erizada por olas muy surferas, te percataste de que lo que tenías frente a ti no era un edificio maleducado, a espaldas del mundo, sino la obra del Hacedor, que ese día, en vez de manos tuvo manoplas, y que aburrido dejó la partida, afortunadamente, sin resolución. Y a Dios gracias.

  • Calima II

    El aliento cálido de la tierra inerte no desincentivará el paseo alrededor de la urbanización. En el alcor, frente al pareado, mira a su alrededor y se siente un pionero, también un colono. Piensa en los aborígenes, en sus condiciones de vida, en la isla como una cárcel flotante. Deja el pesado pasado atrás y ahora camina por la avenida hasta su final, bajo la atenta mirada de los invernaderos a su derecha. Quisiera agarrar una de aquellas hojas gigantes, asomadas como brazos pidiendo ayuda. El cielo le devuelve la imagen de un sudario. Regresa a casa. La fresca Ítaca.

  • Calima I

    Dios acaricia los vellones mientras camina perezoso por el mullido terreno. Piensa en una calzada romana en donde la espuma de aire blanco hubiera reemplazado los bloques de piedra. Abajo, los bañistas chapotean en el agua, enmarañados en las olas, puestos a secar bajo el sol que se les hurta. Por eso Dios decide estornudar, desvelar los cielos. Corren los mortales ahora bajo las sombrillas, a aplicarse las cremas solares, a ofrecerse como mártires de la vitamina D, a poner a prueba la melanina en cuerpos mantecosos, prontamente rojizos. Hecha la luz, reinará la alegría de nuevo, el júbilo comunitario.

  • Cuaderno de Praga. Siete

    Del no saber te saca Google Lens, cuando en la visita al Palacio Real, en el castillo, al otro lado del río Moldava, veas una construcción cerámica, tipo zigurat. Una calefacción de entonces, verde como la cerveza que te ventilas poco después en el Kafedam. A la noche anhelas darte un paseo por los pasillos de la biblioteca del Clementinum, no tener que conformarte con estirar el cuello desde un balconcillo y apresar tanta belleza en tres fotos en escorzo. Te imaginas ahí abajo, a la pata coja, en el terrazo, brincando de rombo en rombo: una rayuela para adultos.

  • Cuaderno de Praga. Seis

    Construyes la ciudad pieza a pieza, a medida que subes a las distintas torres y cierres el conjunto en la última, en la aireada torre Eiffel de juguete, en el Monte Petřín. Verás condensada Praga en un trávelin panorámico, afincada en la tierra. Disfruta de la ciudad desde el agua, surca las venas de la urbe y sus canales. En los ojos de los puentes pasas a ser una legaña molesta y juguetona. Nos resta el fuego. Comparece con la inmolación del joven Jan Palach, dando comienzo, dos décadas después de su muerte, al final del régimen comunista, el 17.11.1989.

  • Cuaderno de Praga. Cinco

    Descansas en los parques. Ves carteles que prohíben fumar hierba y pincharse, entre otras cosas. Experimentas un deja vú, en la galería Lucerna bajo el caballo de Wenceslao, cabeza abajo. Eres testigo de cómo la oscuridad se hace arte en el Teatro Negro. Bastan cien metros para reunir a miles de personas junto a un muro, no al de las lamentaciones, sino al de los recuerdos, Lenon mediante. Muro, palimpsesto, batiburrillo de pintura, palabras y pegatinas, grumo en el que se disuelve el ayer. Al otro lado del muro, en una taza te impacta una frase: Procrastination will kill you.

  • Cuaderno de Praga. Cuatro

    Kafka pidió a su amigo Brod que quemase su obra. No lo hizo. Una feliz desobediencia según Borges. Conociendo a Kafka se entiende que el museo sea una sala pequeña apenas iluminada. Una línea del tiempo (corta) de Kafka, un árbol genealógico, libros, cartas, fotos y poco material más. Kafka hubiera pedido que no le hiciesen un museo, petición innecesaria si Brod hubiese cumplido su palabra. La gente fotografía fuera las esculturas (obra de Černý) de dos hombres meando sobre un charco (Chequia). Kafka es un icono que vende tanto como el Che en su día, pero ¿alguien lo lee?